Mi vecino Arturo

17 11 2007

A veces la pantalla de la infancia se desenfoca y los recuerdos no llegan con la suficiente longitud de onda como para depositarlos, sin necesidad de intermediarios, en el cajón de las cosas recuperadas. Esta mañana he recibido una noticia que me ha hecho sentirme pequeño, indefenso y lejano en el tiempo: Arturo ha muerto. Mi vecino de al lado no ha podido seguir luchando contra ese cruel enemigo, mezcla de vejez y enfermedad, que ha terminado por imponerse, sin problemas, a la debilidad física y mental de un hombre viejo y cansado.  Me vienen a la memoria sus nietos, con los que jugaba en el patio de la comunidad. Fernando es el mayor, un año más que yo; Óscar el segundo, un año menos; y del tercero no recuerdo su nombre (sólo que tenía el pelo muy rubio), y eso que lo he visto, hace bien poco, por el Paseo Pereda con un mono azul de trabajo. Lo cierto es que, a pesar de que con Fernando, Óscar y el pequeño rubio compartía las aficiones, los miedos y las aventuras de la época de la niñez, quien de verdad me aportó algo fue Arturo. Lo recuerdo, los domingos por la mañana, llamando a la puerta de nuestra casa, vestido con ropa deportiva y su inseparable bastón de andar. El Monte Buciero no tenía secretos para nosotros. Subida hasta el Peñón del Fraile, pasando la Casa de la Leña, cruzando Cuatro Caminos, hasta llegar al Fuerte de Napoleón y bajada por la Alameda, para volver al Barrio de Santoñuca. Algo más de dos horas de recorrido, en las que hablábamos de las cosas que hablan los niños y la gente mayor, cuando están juntos. Digo esto, porque no recuerdo ni una palabra de aquellas conversaciones en medio de la naturaleza.  Supongo que, aparte de nuestros abuelos y abuelas, todos tenemos entre nuestros recuerdos el nombre,  la imagen, o la voz (normalmente grave) de alguna persona mayor; ya sea un maestro, un vecino, el tendero de la esquina, o el abuelo de nuestro mejor amigo. En mi caso, Arturo ha estado siempre ahí. Hasta hoy, claro. Nos encontrábamos en el portal; el subiendo despacio y yo bajando demasiado deprisa. Se asomaba a su balcón para vernos jugar al fútbol en el patio, hasta que los desagradables gritos de alguna vecina gruñona y terca terminaban con el juego. Otras veces, me tocaba llamar al timbre del segundo izquierda, para pedir algo de sal. En estos casos, era Toniuca, su mujer, la que me atendía, siempre con mucho cariño. Pensamos que hay personas que forman parte del atrezzo de nuestra vida. Arturo era una de ellas. Siempre he creído que mientras yo estuviese entrando y saliendo de ese portal, él aparecería para hacer algún comentario; últimamente, no se le entendía muy bien, por aquella de la evidente decadencia.  En alguna ocasión, hasta he pensado que un día volvería a llamar a mi puerta, vestido con su desgastado chándal, animándome a dar la última vuelta por nuestro monte. Mañana, por suerte, es domingo. Desde bien pronto estaré despierto y preparado por si suena el timbre.

Anuncios

Acciones

Information

One response

18 11 2007
Raquel

Intento recordar cuándo fue la última vez que vi a Arturo…
Su nieto el pequeño, eso sí lo recuerdo, se llama Alberto.
Un beso.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: