Cosas que no me quitan el sueño

10 11 2007

¿A ti qué cosas te quitan el sueño?, me preguntaron con cierta curiosidad. ¿A mí?, a mí el café. Llevo unas semanas (o unos meses) dándole vueltas a una teoría personal (porque es mía y porque es para las personas) cuya puesta en práctica (en su fase inicial) me está reportando, ya, importantes beneficios; eso sin necesidad de cotizar en bolsa. Ayer, dos amigos me aburrían un poco (ya lo siento) con las (repetidas) reflexiones de barra de bar, mientras yo pensaba en las cosas que me interesan de verdad. He cambiado el chip con una rapidez que me sorprende, pero no voy a dar marcha atrás. Esto supone, por ejemplo, que no me afectan más de lo que pueda metabolizar (domino la situación, por tanto) noticias que hablan de tontos metidos a listos, o de listos que se hacen los tontos. Más o menos, la teoría se podría formular de la siguiente manera: como es bien sabido, las personas sólo disponemos de una vida, la cuál además puede ser más o menos corta, y se supone que estamos en este mundo para intentar ser lo más felices posible. Pues bien, como hay demasiadas cosas que atentan, diariamente, contra mi felicidad, voy a ir prescindiendo de ellas, poco a poco. De algunas prescindí hace tiempo, de otras estoy en camino. Eso incluye tener el menor contacto posible con lo que me ofende (en toda la amplitud de la palabra), incluyendo aquí a las personas que tienen esa bienpagada capacidad. Si no hago esto, ¿cómo sobrevivir a las cosas que pasan? La teoría incluye, por supuesto, centrarme en las cosas que me reportan (que horrible palabra) sincero bienestar y máxima felicidad; y esas, por pocas, están contadas y sé donde buscarlas (no están en desiertos remotos ni en montañas lejanas).  Mientras escribo estas palabras, escucho al Aute más afinado (y no hablo de su voz) ponerle banda sonora a esta teoría. Gracias maestro.

Puede que esto de vivir consista en disfrazarse de veleta
y de girar según qué viento
y de celebrar el triunfo de las estrategias
sobre la caducidad del sentimiento
y de coronar las cumbres más resplandecientes
donde el águila es experta en alpinismo
y de especular con el honor como la causa justa
más preciada del mejor cinismo…

Calma, corazón, calma, corazón, sabes bien
que la única razón que aún asumo
es la improcedente sinrazón
de amar y amar y amar…
y sólo amar,
el resto es humo..

Déjales que invadan los vacíos que dejaron los santones
que ocupaban los altares,
que defiendan la casualidad como principio frente a la causalidad
de los azares,
que se llenen las barrigas con el fruto que comieron, insaciablemente,
en otros huertos…
que levanten podios a sí mismos sobre el mármol que sepulta
su curriculum de muertos.

Calma, corazón, calma, corazón…

Míralos matarse con las armas más sutiles
con el fin de hacerse con una medalla,
que persistan en su empeño de pensar
que sólo con fortuna y con poder darán la talla,
que fabriquen aspas de molino que defiendan al gigante
contra el aire del ensueño,
que produzcan monstruos pertrechados
de razones que jamás admitan
que la vida es sueño.
Calma, corazón, calma, corazón…

El resto es humo, Luis Eduardo Aute.

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