Reinventar la ilusión

3 11 2007

No son ni las siete y ya ha oscurecido, por completo, al otro lado de la ventana. Justo donde está el frío. Dentro hace calor. Incluso podríamos decir que demasiado. La suma de un enorme radiador y del encuentro festivo de dos cuerpos bajo un nórdico de cuadros. He bajado un poco la música del reproductor del monopolio, para concentrarme un poco en dar forma a este texto. Estoy tan relajado que casi no puedo escribir. Se necesita algo de tensión para que los dedos vayan pasando sobre las teclas, una y otra vez. Al mediodía, salimos a dar un paseo por el pueblo. Al ser día festivo, había bastante gente por la calle y, sobre todo, en los dos únicos bares que todavía resisten. Grandes y caros coches anuncian la vuelta al mundo rural de los hijos pródigos. Se nota que les ha ido bien; que les va bien. La mitad de las casas tienen un interés arquitectónico o, al menos, estético. Piedra y más piedra. Galerías cuidadas. Artesonado sobrio y mucho jardín. Justo en medio del pueblo, una finca limitada por un vallado de piedra a la que han puesto dos porterías, hace de campo de fútbol, en el que los jóvenes que quedan, pocos ya, le dan patadas a un balón esquivo. Detrás, un enorme y conservado palacio nos da cuenta del pasado señorial de Castillo Pedroso. Me está entrando hambre. Hemos comido un poco de jamón, queso, y unas galletas. Es pronto para cenar, pero no para pensar en ello. La tranquilidad es insultante. Intento ver a través de los cristales de la ventana del pequeño balcón de la habitación, pero sólo consigo ver el reflejo de la pantalla y algunas hojas del árbol que domina el terreno verde anexo a la Posada.

Suena Entre dos aguas de Paco de Lucía. Es emocionante escuchar esa guitarra. Virtuosa, compleja y descarada. Sobre todo, descarada. Hasta agresiva, cuando le imprime algo más de ritmo y contundencia. Es casi mágico que pueda hacer eso. El movimiento de sus dedos se mide en nanosegundos. He comenzado a leer El Libro de las Ilusiones de Paul Auster. Debo ser de las últimas personas en el mundo en hacerlo. Creo que me abrumaba tanta recomendación. No sé por qué tengo prejuicios con algunos escritores. Bueno, si lo sé. Con algunos, bastante, demasiados, tengo prejuicios porque son malos y no pienso perder el tiempo leyendo ni una sola página de sus eructos literarios. Con Auster no lo tenía por eso, evidentemente. No es un escritor extremadamente brillante, pero es un artista en el diseño y ejecución de los personajes, y con ello me ha metido en la historia, desde el primer minuto, y en sólo cuarenta y pico páginas ya estoy vencido y entregado a lo que me cuenta. Han sido suficientes cuatro o cinco píldoras de absoluta vida. Esa vida que está sólo en la imaginación y en el talento de los buenos escritores. Creo que voy a seguir leyendo. Ya me he hecho amigo de Zimmer. No por compasión, que conste. Es porque admiro a la gente que, a pesar de todos los problemas, saca fuerzas para vivir por una ilusión, un proyecto o una idea. Esos son los poderosos. No hay mayor fuerza que la de la ilusión, y más si es colectiva. Hoy no estamos sobrados de eso. Haría falta reinventarnos, de manera urgente.

P.D.-Este comentario lo escribí el jueves pero, afortunadamente, hasta hoy no he tenido acceso a Internet para colgarlo.

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