La mejor cara de La Inquisición

3 11 2007

¿Qué lleva a una pareja de Madrid a dejar la capital e irse a vivir a Castillo Pedroso? ¿Y a reformar una casa medio en ruinas para hacer de ella una preciosa y acogedora posada rural? No les pregunté, directamente, los motivos. Tampoco hacía falta. Encontraron su lugar para vivir a muchos kilómetros de la capital. Lejos del ruido, los atascos, el estrés y otros peligros e incomodidades de las sociedades modernas. Atrás dejaron las oportunidades (casi todas) que ofrece una gran ciudad como Madrid. En Castillo Pedroso encontraron otras facilidades que no esperaban. Me dice Alfonso que Alfonso pequeño va todos los días al colegio de Alceda y que es muy cómodo, porque le pasa a buscar un autobús por el centro del pueblo. Cosas de la buena gestión de Rosa Eva. En Madrid, mis amigos con hijos hacen piruetas para conciliar y llegar a tiempo a las clases y al trabajo. Maite es funcionaria y trabaja en el Hospital de Liencres. Lo tuvo más o menos sencillo para cambiar de destino. Alfonso estaba vinculado al trabajo en el mar y, de vez en cuando, mata el gusanillo enseñando a jóvenes aprendices de Gorostegui, en la Isla de la Torre.

La Posada de la Inquisición mantiene su nombre desde que a mediados del siglo XVIII viviera un tal Mateo Díaz de la Serna, cura beneficiario de Castillo Pedroso y Comisario de la Santa Inquisición, entrañable institución que le cogió prestada la casa a los Templarios, sus originales propietarios. Las piedras de la casa encierran vestigios e imágenes de aquella época. Pero, desde luego, pasar unos días en ella es todo menos una tortura. A MC se le ha quitado hasta el dolor de cabeza. Es medicinal. Muy recomendable. La Posada tiene cinco habitaciones, una de ellas más grande, para acoger a parejas con hijos. La nuestra se llama El Lobo y tiene vistas a los prados que hay al suroeste del pueblo. Nuestras vecinas son algunas ovejas y vacas cuyo ritmo vital es nuestro ejemplo estos días. Ayer nos levantamos pronto y, después de un desayuno a base de tostadas con mantequilla y mermelada, zumo y café con leche, fuimos a dar un paseo. Senderismo para principiantes. Cuando lleguéis a la ermita, cogéis un camino que hay a la derecha y luego, todo seguido, hasta que lleguéis al bosque de Requejada. Allí buscáis los caminos de la derecha, que os llevarán sin pérdida a la carretera que conduce al pueblo. Y eso hicimos. Dos horas y media de entretenida caminata, sorteando el barro y descubriendo hermosos paisajes y vistas panorámicas del bello Valle de Toranzo. Vacas, ovejas y caballos eran nuestra única compañía. No pudimos entablar conversación con los tranquilos animales, porque andaban bastante ocupados en la siega natural de la hierba. Al volver a la parrilla de salida, las botas de montaña necesitaban de un pase de manguera urgente. Una ducha y a la calle a disfrutar del sol. Un par de sillas, Auster, Pedro Juan, y la felicidad.

No teníamos reloj ni, por supuesto, móvil. Así que supimos que era la hora de comer, por el hambre que teníamos. Le habíamos pedido a Alfonso unas lentejas y allí estaban. Aunque él es el cocinero, las había hecho Maite. Riquísimas. Las típicas lentejas caseras con su morcilla, chorizo, zanahoria, puerro y patata. El puchero se fue vaciando, por arte de magia. El cosechero de Berceo hacía lo propio. ¿Qué queréis de segundo? Tengo dorada, rape, sardinas, chuletas, solomillo. Yo quiero algo con patatas. Sí, algo que tenga patatas. Un solomillo. Que sean dos. Festín de carne de la buena. De postre, una tarta de queso y un té. Los fines de semana, el restaurante cuelga, merecidamente, el cartel de no hay mesas. El cuerpo pedía siesta. Y se la dimos. Dos horas y media. El tiempo se para. No tiene sentido. No sirve para medir nada. Al despertar, un rato de buen cine. Irma la Dulce, en la que Jack Lemmon y Sirley McLaine están maravillosos. El maestro Wilder eleva a los cielos, una vez más, el género de la comedia. Con dos o tres localizaciones monta una historia frenética de más de dos horas, en las que pasa casi de todo. Y pasa muy bien. En ese momento, nos acordamos que Alfonso nos dijo al mediodía que para cenar había sopa ligera. Así que bajamos a probar esos fideos con pollo y huevo cocido. Es como estar en casa. Después de la cena, me di un capricho extemporáneo y cutre. Me acordé de Paco y los años de beisbolera con la Y. Las aventuras de Ford Fairlane, el detective rockanrollero, certificaron que cualquier tiempo pasado fue peor. Hoy me he levantado con ganas de escribir, así que el portátil me ha acompañado al desayuno. En unas horas, dejaremos Castillo Pedroso y la Posada de la Inquisición de Alfonso, Maite y Alfonso pequeño, para seguir disfrutando del largo fin de semana en Astillero. Volveremos, seguro.

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