Cuaderno de Granada (I)

22 09 2007

Después de dormir bajo el techo original de un Palacete del siglo XVI, convertido en Ladrón de Agua, reponemos fuerzas, para llegar al minibus que nos conduce a la entrada de La Alhambra. Allí, he comprado este cuaderno, para llenarlo de tinta fina. Ya casi no recuerdo que, ayer, Iberia nos quiso joder el fin de semana. Y menos al ver, sobre una de las paredes que aguardan a los miles de visitantes diarios, este poema que escribió Jorge Luis Borges en 1976:

Grata la voz del agua,
a quien abrumaron negras arenas
grato a la mano cóncava
el mármol circular de la columna,
gratos los finos laberintos del agua
entre los limoneros, grata la música del zéjel,
grato el amor y grata la plegaria
dirigida a un Dios que está solo,
grato el jazmín.

Vano el alfanje
ante las largas lanzas de los muchos,
vano ser el mejor.
Grato sentir o presentir, rey doliente,
que tus dulzuras son adioses,
que te será negada la llave,
que la cruz del infiel borrará la luna,
que la tarde que miras es la última.
 

Espera. Gente en la cola. Mucha, quizá demasiada. Parece que ya llega nuestro turno. Desayuno rápido digerido en letargo espeso. Las cosas de palacio van despacio. Nunca mejor dicho. Nos ha tocado la ventana de la señora más lenta. MC liga con el de seguridad. Tiene los ojos verdes, es políglota y eficiente. Esabe. “Jesús, dale un poco más de arte a la fila de las reservas”, le dice un compañero, que desconoce el significado de la palabra arte. Seguridad en la cola de La Alhambra es un trabajo muy creativo. Siempre enfrentándote a algo nuevo. La picardía y la mala educación de la gente es infinita. “No me encendais la cola”. Ventana 1. Por fin. Una japonesa vieja, que agarra su bolso como si le fuera la vida, trata de colarse. Le explico, gentilmente, en mi perfecto japonés: “Como-te-cueles-te-mato”. La tensión crece. Si no llegamos a la hora a la puerta de los Palacios Nazaríes, nos quedamos sin verlos. No hay prórroga. “Señora, disculpe, es que tenemos para las once y media”. “Ya, es que no me puedo dividir”, me responde con cara de importarle todo un pimiento de Isla. “¿Y multiplicar?”, le pregunto. No responde. Pero nos da las entradas. En fin, que tienen un problema de organización importante. Les vendría bien la ayuda de Prólogo de cerca.

Corremos un poco, por aquello de bajar el frugal desayuno, y para llegar a tiempo. Hay otra cola. Aprovechamos para entrar al Palacio de Carlos V. El edificio renacentista más importante de España. Cuadrado por fuera: Cielo. Redondo por dentro: Tierra. ¡Qué simpático el emperador! No me gusta la arquitectura renacentista. Y este palacio no va a ser la excepción. Si lo ves desde arriba, se parece a una plaza de toros. “All the buildings are old!, Where are you?”, grita una mujer por el móvil a su marido. Se han perdido, el uno del otro, y él trata de darle alguna pista sobre donde se encuentra. Le imagino, al otro lado del teléfono, diciendo: “Cariño, estoy en un edificio viejo, como antiguo, de otra época”…ay dios, menuda pista. Desde la entrada de los Palacios Nazaríes, tenemos la primera vista de Granada. Blanca, verde y marrón. “Tengo sed”. “Igual puedes beber en un aljibe“. Patio del Cuarto Dorado, tras el oratorio, me siento en la sala de audiencias del Sultán. Primero Mohamed, luego Yusuf. Cerca hay unos pasadizos, oscuros y llenos de polvo. Me gustaría entrar para refugiarme de la marabunta de gente. Pocholo y señora nos piden, amablemente, que les hagamos una foto. “¿Quieren otra ustedes?”. Por no hacerles el feo, accedemos. “Espera. Deja que se vayan, que se nos pegan”. MC dice que va a hacer un blog, sólo para pedir que pongan las entradas a 50 euros. Exterminio cultural. El Patio de los Leones. Sin leones. Da entrada a la absoluta maravilla de la Sala de los Abencerrajes. Me siento, porque me tiemblan las piernas de tanta belleza. Una estrella de ocho puntas y dieciseis ventanas, por fuera, y por dentro, los mocárabes que adquieren categoría celestial. “¡Qué mal vivían!”. “¡Qué hijos de puta!”. Mohamed V era un tipo con suerte, quería decir. Washington Irving escribió sus Cuentos de la Alhambra en unas de las habitaciones que Carlos V hizo construir, para seguir añadiendo historia a La Alhambra. La señora de los old buildings ya encontró a su marido. Estornudo, rotundamente y con eco, y me dice salut, sonriendo. Un paseo, obligatorio, por los Jardines del Generalife, y salimos de La Alhambra con los pies cansados y el corazón nuevo, como el nombre de nuestra habitación, que nos espera para la merecida siesta. Antes, en el Restaurante La Mimbre, a los pies de La Alhambra, comemos gazpacho, habitas con jamón, y un plato que se llama Sierra Nevada, y que lleva huevos con jamón, papas y pimientos. “Water melon, melon, cream caramel”. Aquí todo el mundo es políglota. En la mesa de al lado, creo ver a un conocido. Muy mejorado. Más joven y con más color. Se oye a un niño de lejos: “¡Vaya mierda, mamá!, vengo a Granada y no veo La Alhambra“. Y tanto, pienso yo.

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22 09 2007
charo

Quíen más podría haber escrito algo tan sencillo, sentido y bonito. Lo he leído 2 veces y me parece haber hecho el recorrido con vosotros. Besos

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