Nocilla Dream

5 09 2007

¿Sabrá perdonarme Pedro Juan Gutierrez? Después de un verano en el que he vivido con (y de) sus novelas, en lugar de escribir sobre él, he decidido hacerlo sobre otro. No sé, quizá he pensado que como a él los tríos le van, seguramente le acabará gustando. También creo que si hablo mucho de Pedro Juan dejará de ser parte de mí y lo será de mucha gente que no sabrá apreciarlo como se merece.

He decidido que la próxima vez que vaya a La Habana iré a visitarlo y le contaré esta teoría. Quizá se moleste, por aquello de que la promoción siempre es necesaria para vender libros. Aunque, conociéndolo, sabrá apreciar mi cinismo. Y si no, no pasa nada: abrirá una botella de ron, del malo claro; encenderá un tabaco, y nos pasaremos horas mirando el Malecón desde su ruinosa azotea.

Pero no he venido a hablar de Pedro Juan. ¡Sal de mi vida! Pensaba que en la literatura patria estaba todo visto, leído más bien, pero no. Ha llegado a mis manos, por uno de los conductos más habituales (es lo bueno de estar con gente con inquietudes), el primer libro (o lo que sea) del (no tan) joven poeta (y físico) gallego Agustín Fernández Mallo: Nocilla Dream. La primera parte de una trilogía que lleva el nombre de Proyecto Nocilla, y que se completará con Nocilla Experience y Nocilla Lab.

¿Qué es Nocilla Dream? En realidad, todavía no lo sé. Dudo que el propio autor lo sepa. Si puedo decir que el tío se la ha jugado, y hace falta gente así, en todos los ámbitos. Más riesgo, innovación, originalidad, ruptura con lo establecido…

Juan Bonilla dice esto en el Prólogo: Fernández Mallo sabe como contagiar la velocidad de lo escrito y va haciéndonos saltar por los fragmentos de su novela con una insólita sensación de vértigo […] Ese riesgo consiste esencialmente en que los lectores habituados a las narraciones que se estilan entre nosotros, al adentrarse en ésta pueden no saber a qué atenerse, pueden perder pie, porque literalmente ésta es una novela que constantemente te va dejando “en el aire” […] La capacidad de encontrar plenitud y belleza en realidades que suelen pasar desapercibidas para nuestra poesía o nuestra narrativa, es uno de los baluartes de esta obra.  

¿Qué tienen en común un desierto, un árbol con pares de zapatos colgados, cuatro chicas surfistas, un periodista austriaco aficionado a los carreras de ratas, y Jorge Luis Borges? Ni lo sé, ni me importa. Pero el cabrón de Fernández Mallo le da a todo una coherencia incoherente (o quizá una incoherencia coherente) espectacular.  Para ello, se apoya (o se pierde) en una serie de citas que va introduciendo, sin demasiado orden, de las que quiero destacar una por su maravillosa crudeza:

45. Año 2054. Mis nietos están explorando el desván de mi casa. Descubren una carta fechada en el 2004 y un CD-ROM. La carta dice que ese disco CD-ROM que tienen entre sus manos contiene un documento en el que se da la clave para heredar mi fortuna. Mis nietos tienen una viva curiosidad por leer el CD, pero jamás han visto uno salvo en las viejas películas. Aun cuando localizaran un lector de discos adecuado ¿cómo lograrían hacer funcionar los programas necesarios para la interpretación del disco? ¿Cómo podrían leer mi anticuado documento digital? Dentro de 50 años lo único directamente legible será la carta.

Jeff Rothenberg

En fin, que si Pedro Juan Gutierrez y Agustín Fernández Mallo se conocieran, serían buenos amigos (o se odiarían a muerte). Y es que hay que estar muy mal (o maravillosamente bien) para, en los tiempos que corren, salirse de lo establecido. ¡Qué horrible palabra!

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