Penélope es la Princesa

9 08 2007

Confieso que hasta que llegué al Campo de San Lorenzo, no me empecé a dar cuenta de lo que iba a vivir esa noche. Eran las diez menos cinco, y en la cola para entrar no se distinguía, salvo excepciones, cuál era público (que, mayoritariamente, peinaba canas) de Serrat y cuál de Sabina.

El cuidado y sobrio verde, todavía húmedo por la tormenta de la noche anterior, nos acogió gustoso, y con dos vistazos, localizamos el bar y la zona de baños, dos lugares tan necesarios como unidos, por razones obvias, en este tipo de eventos.

Al frente, un imponente escenario con dos pantallas gigantes a los lados, en las que apareció, por sorpresa, un serio Iñaki Gabilondo para anunciarnos la suspensión del concierto, por estar los dos cantautores convalecientes en el hospital. El ruido de la sirena de la ambulancia fue interrumpido por el envolvente sonido de la música en directo, que anunciaba el comienzo del recital, con una mezcla de Ocupen su localidad y Hoy puede ser un gran día.

Después, Aves de Paso, algunos versos recitados al mejor estilo de Sabina, varios puyazos y muchos piropos, entre ambos, y mucha clase y la mejor música en el escenario.

Cada canción, un himno. Cada verso, una vida. Cada palabra, una reflexión y una historia cotidiana. Por allí apareció José María Gutiérrez (¡cómo no!), con buenas noticias, justo en el momento en que Sabina cantaba sus Peces de Ciudad. Mientras tanto, Lipe había conseguido que Vera y Pedro le encontrasen entre la gente, y los viajes de ida y vuelta, tanto al bar como al baño, se intensificaron.

Y así, fueron llegando momentos especiales, cada cuál más que el anterior. Con Princesa, Penélope, 19 días y 500 noches, Fiesta, A la orilla de la chimenea, Mediterráneo, Mi primo el Nano o Tu nombre me sabe a hierba, se iban superando por momentos, el uno al otro, y los dos juntos a sí mismos. Es una pena, porque recuerdo el concierto sólo a trozos. Me molesta tener tan mala memoria, en parte fruto de estar demasiado pendiente de vivir el momento, y no acordarme, ayer, de que me hubiera gustado escribir este post, hoy, con una crónica más ajustada a la realidad. Eso sí, recuerdo, perfectamente, que Maricruz, que se sabe todas las letras, estaba disfrutando tanto o más que yo.

Una cosa que tengo clara es que me emocioné bastante. Sobre todo, no sé porqué, con Andares de Serrat y Calle Melancolía de Sabina. Que bailé, mucho. Demasiado, quizá. Que canté, todo lo que se puede cantar en estos casos, y más.

Disfruté, como hacía tiempo, de dos horas y media de la mejor pareja de hecho musical de nuestro país. Un gran acierto, el matrimonio de estos dos magos de la palabra y las corcheas. Uno, con mucho seny y cierta picardía, el otro, con toda la picardía y un diccionario propio. Ambos, con la historia de nuestra mejor música a sus espaldas. Que se repita, porque allí estaré seguro.

Y para terminar, si me perdonan ambos, me voy a atrever con unos versos:

Noche fría y de chaqueta,
noche de versos ascetas,
noche de cantautores.

Toman partido dos locos,
de esos que ya quedan pocos,
más truhanes que señores.

Se calienta el auditorio,
escuchando el repertorio,
de desnuda poesía.

Ambos cantan las verdades,
tirando besos, puñales,
con esa suya ironía.

El Nano es de mano fina,
y en golfo gana Sabina,
un culé y un colchonero.

Al maestro ya le pesa,
Penélope es la Princesa,
que Joaquín besó primero.

Son juglares de sucesos,
de sueños, de amor y excesos,
son notarios de la vida.

Vaya par de incorregibles,
solitarios, de alma libre,
salvo que ellas se lo pidan.

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