Burdeos es un buen sitio para desaparecer. Nadie me conoce aquí —salvo Enrique Vila-Matas, pero esa es otra historia que ya contaré—; ni siquiera el recepcionista del hotel se ha fijado en que llevo ocho días medio encerrado en la habitación 106. Debe pensar que cada día, al desayuno, soy una persona diferente. Quizá le despiste observar que leo un libro distinto cada mañana; tal vez porque todos los días empiezo y termino un nuevo libro no se dé cuenta que soy siempre el mismo. He traído la maleta llena: he contado hasta cuarenta y siete libros. Puedo, entonces, permanecer aquí cuarenta y siete días sin que nadie me descubra, sin que ni una sola persona sospeche de mí. Además, como soy prescindible, en mi barrio nadie ha notado —ni notará— mi ausencia. Podré desaparecer para siempre. Y eso me alegra.
He salido a cenar sin miedo a que nadie me descubra. He encontrado una mesa para uno en La Belle Epoque —un conocido restaurante de la ciudad—, y he pedido ravioli de foie gras, chateubriand y un Chateau Grand Champs de 2001. De inmediato, el vino ocupa el lugar que le corresponde y no permite que enlace cuatro frases seguidas. Al menos, no me está escuchando nadie y eso me alivia profundamente. Tengo el estómago lleno y el cerebro colapsado por el delicioso jugo de uva Merlot, pero aún así soy capaz de dictar a mi mano cada uno de los mágicos movimientos que se van convirtiendo —bolígrafo y moleskine rojo mediante— en letras, y luego en palabras, y éstas en frases, y hay veces que culminan en un discurso en el que planteo que las letras son las responsables de los gratificantes nubarrones financieros. Las malditas letras —esas letras polígamas— son un gran peligro para la frágil convivencia de nuestros chalets adosados. ¿Cuál es tu letra? ¿El código postal era? A ti qué cojones te importa, si nunca vas a enviarme una sola carta. ¿Quién te ha dicho eso? Quien te ha dicho eso miente. Me mareo un poco por culpa del vino, le regaño, regaño a la botella, ya casi vacía, porque el vaso no deja pasar la luz del río.
Es domingo por la mañana y las calles están vacías: no se aprecia casi ni un ruido. Paseo entre la soledad del silencio, acompañado a ratos por el sobrecogedor sonido que produce el rozamiento de los radios de las ruedas de las bicicletas con el aire, con el vacío de la cours de l’Intendence, justo al pasar por debajo de la habitación donde murió Goya. Al llegar a la plaza des Grandes Hommes, decido rápidamente que quiero vivir en una buhardilla del número 15 de la Rue Michel de Montaigne, y no admito un lugar diferente. Pasaría las tardes entre las terrazas de los cafés y la Librería Mollat, y creo que sería feliz sin necesidad de nada más. Por las mañanas, seguramente pasearía por la orilla del Garona, leería libros en francés, y hablaría conmigo mismo todo el tiempo, como hacen las parejas y los grupos de amigos en las terrazas, los restaurantes o el tranvía. ¿Y si es cierto que he desaparecido en Burdeos? ¿Y si nunca hubiera vuelto de allí? Trataré de averiguarlo, o no.