Reyes de Gil
6 01 2008Han venido los reyes de Gil: son para mí, y la gran mayoría —todos, salvo la música, el cine y alguna bonita sorpresa— han pasado por las manos, la recomendación y el buenhacer de la librería que gobierna Gisela. Les comenté a Melchor, Gaspar y Baltasar que este año quería recuperar, para mi pequeña biblioteca, unos cuantos títulos imprescindibles; la ausencia de algunos libros y autores más o menos clásicos, en mis estanterías, estaba provocando una alteración desmedida entre el resto de volúmenes, por la falta de la referencia necesaria para obtener respuesta a algunos interrogantes básicos: ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?…Sé que tienen vida porque se hacen preguntas. Incluso hay tardes, de esas de mucho frío —de abrazo, manta, calcetines gordos, quietud y bombilla cerca de la ventana— que, si se respeta el silencio y se presta la debida atención, es posible escuchar las animadas conversaciones entre compañeros de balda. Como soy un desastre, no he establecido ningún criterio para colocarlos; diversidad que ha favorecido el mestizaje y el entendimiento, sin que haya habido —al menos, que yo sepa— problemas por la diferencia de género, edad, ideología, origen u otras singularidades. Espero que, esta tarde, cuando lleguen los nuevos —que, paradógicamente, son los más antiguos— todo encaje perfectamente, y la armonía y el entendimiento sean el hecho diferencial de mi biblioteca: que Los hermanos Karamazov, El conde de Montecristo, Lord Jim, El lobo estepario y El Príncipe no se enfrenten con El Rey de la Habana; que Lolita y un Poeta en Nueva York —se pasan las horas observando El retrato de Dorian Gray—, no tengan excesivo problema en compartir espacio con los cuentos, en catalán, de Quim Monzó; que Los miserables y Nuestra señora de París reconozcan en los poemas de Rubén Darío algo más que palabras comunes; que La divina comedia y El libro de los abrazos, una vez repuestos del Crimen y castigo, y superadas las Cumbres borrascosas, encuentren su justa recompensa en alguno de los Doce cuentos peregrinos; y que si Verónica decide morir, lo haga con un vestido largo, Rojo y negro, no sin antes conocer la historia de Paula.
En el capítulo de (in)esperados, han llegado hasta aquí —gracias a la comandante en jefe de mi felicidad— joyas como la Historia de la lectura de Manguel; los Cuentos de Hemingway, evocados por García Márquez; el raro y difícil de encontrar Pez, astro y gafas de Lorca; y la Salomé más guapa de Wilde. Y, con moleskine para la ocasión, daré un paseo por las calles de Barcelona guiado por Fonollosa; veré la Primera nieve en el monte Fuji con los ojos de Kawabata; y descubriré el placer de leer los más bonitos Cuentos de amor victorianos. La música la ponen Battiato y Aute, que, como vale por dos, se acaba de ir con Raquel y Scott a Alemania, —¿dónde iba a estar mejor?—. El maestro Kurosawa nos regala las entradas —espero que pronto en butaca más cómoda— para el cine. Y como pertenezco a una familia de artistas —aunque ellos no lo sepan—, voy a poder degustar unos delicias caseras de pescado, y resguardarme del frío con una maravillosa y trabajada, con mimo, colcha de pachtwork de absoluta exposición. En fin, que he tenido que pedir una semana de vacaciones para poder, siquiera, asimilar todo esto.
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