Lenguas para decir cosas bellas y ciertas

22 12 2007

…Non falo pra os soberbios,
non falo pra os ruís e poderosos,
non falo pra os finchados,
non falo pra os estúpidos,
non falo pra os valeiros,
que falo pra os que agoantan rexamente
mentiras e inxusticias de cotío;
pra os que súan e choran
un pranto cotidián de volvoretas,
de lume e vento sobre os ollos núos.
Eu non quero arredar as miñas verbas
de tódolos que sofren neste mundo…

Vuelvo a releer, con emoción, Deitado frente ao mar, del gran poeta y pensador gallego Celso Emilio Ferreiro, y no puedo estar más de acuerdo con sus rasgadas palabras.

Créeme,
cuando te diga que me voy al viento
de una razón que no permite espera,
cuando te diga: no soy primavera,
si no una tabla sobre un mar violento.

Créeme,
si no me ves y no te digo nada,
si un día me pierdo y no regreso nunca.
Créeme,
que quiero ser machete en plena zafra,
bala feroz al centro del combate.

Créeme,
que mis palomas tienen de arco iris,
lo que mis manos de canciones finas.

Créeme, créeme,
porque así soy
y así no soy de nadie.

Escucho, sin mover un músculo, al cantautor cubano Vicente Feliú interpretando a capela, Créeme, una de las más bellas canciones que he podido escuchar nunca. Un poema de amor y libertad musicado con unos sencillos acordes.

…Lau teilatu gainian
ilargia erdian eta zu
goruntz begira,
zure keia eskuetan
putzara batekin… putz!
Neregana etorriko da
ta berriz izango gara
zoriontsu
edozein herriko jaixetan…

Leo con interés, investigo casi, que Mikel Erentxun y Amaia Montero han hecho una versión del clásico del grupo vasco Itoiz, Lau teilatu, una preciosa y mítica canción, quizá la más conocida en euskera.

…Si et quedes amb mi.
Quan estiguis cansada
jo et dinaré repós.
quan res no vulguis veure
t’ompliré els ulls de flors.
De dia quan despertis
vull estar al teu cantó,
vull tenir les mans buides
per prendre el teu amor.
Quan se’t tanquin les portes
jo t’obriré el balcó,
quan creguis que estàs sola
podràs cridar el meu nom.
Si et quedes, aah!, si et quedes amb mi…

Me acuerdo, con una sonrisa, del histórico grupo catalán Sopa de Cabra, y de su maravillosa canción Si et quedes amb mi, que encierra una bella historia de amor del bueno.





Aventura dental

19 12 2007

   Hasta que cerró por jubilación, mi tía Macu trabajó en la consulta del dentista. Era una mezcla de enfermera, administrativa, auxiliar de clínica, y secretaria. Ella siempre abría la puerta, por lo que ir al dentista se convertía en ir a ver a Macu a su trabajo; de hecho, subía las escaleras del portal, que unos años más tarde se convertiría en testigo de mi amor por una rubia guapa, con la ilusión de un niño cuando va a casa de su tía. Por las cosas del querer (a Antonio), Macu siempre ha vivido en Laredo, y no me quedaba muy a mano su verdadera casa, por lo que esa idea cobraba aún más fuerza, y convertía la obligada visita anual al dentista en un acto casi familiar. Recuerdo que era de los pocos niños que hablaban del tema dentista sin miedo. Incluso repetía, entre mis compañeros de escuela, las consignas sobre higiene dental que aprendí de Macu, convirtiéndome en una especie de portavoz de buenos hábitos odontológicos: “Hay que cepillarse tres veces al día, comer pocas chucherías, y hacer una revisión anual”. Esa era, más o menos, la cantinela. Lo cierto es que a mí me ha dado resultado y, aparte de las ordinarias visitas de cada año, se puede decir que no he tenido muchos contratiempos con mi dentadura.  
   Hoy, por fin, he ido al dentista. Hacía tiempo que no iba y mi mecanismo interior, que es ciertamente inexplicable, me ha advertido de una supuesta caries para forzarme a pedir cita urgente en la clínica de Astillero.
   –Me puedes dejar un cepillo desechable –le comenté al llegar a la joven dentista–, que he comido un pincho hace unos minutos y ya sabes.
   –Te dejo esto para enjuagarte –me dijo quitándole importancia–, cuelga ahí el abrigo y siéntate.
   Me acomodé en la silla y le comenté que me molestaba una de las muelas de la izquierda, cerca de donde tenía el empaste. Me miró, me observó, me oscultó, radiografía incluida, pero no vio nada parecido a una caries.
   –Si acaso, tienes un poco de placa –concluyó.
   Me desilusioné y me enfadé conmigo mismo, pero se me ocurrió que ya que estaba allí, tumbado en ese cómodo asiento, y rodeado de todos esos maravillosos utensilios, podría hacerme algo: una limpieza general. En realidad, ya me tocaba la revisión anual, y mientras lo comentaba, iba recordando las consignas de mi tía Macu.
   Hay gente que lo pasa mal en el dentista y no lo entiendo. Yo disfruto. Me encanta. Miro en la pantalla del ordenador las fotos de mis muelas ampliadas, con restos de saliva y manchas marrones. Con la exposición de la radiografía, me recreo en las zonas más blancas que avisan de la presencia de un empaste. Y me entrego a esa lámpara que, situada medio metro sobre mi cabeza, ilumina la escena con la profesionalidad del técnico de luces de una superproducción de Hollywood. A mi izquierda, sobre una bandeja metálica, la colección de curetas, ordenadas como si fueran una caja de pinturas. Esta temporada se llevan los colores pasteles, pero un poco más secos. No veo el momento de que me coloque, a modo de garfio de sujeción, la cánula de aspiración. Que sería de la odontología sin ese maravilloso invento que evita que tu boca se convierta en una piscina. Lo que no me acaba de gustar es el regusto amargo del dedo protegido por el guante de látex, ni tampoco el babero azul, aunque evite que la sangría que se produce en mi boca tenga su reflejo en mi camisa.
   –Veo que eres demasiado sensible a la cureta por ultrasonido. Voy a probar con la pistola de bicarbonato.
   Ante tal consideración, no tuve más remedio que rendirme. Me echó vaselina en los labios para protegerme, me puso unas gafas transparentes último modelo, y convirtió mi boca en una mezcla de geiser y petazetas, con sabor a vodka con limón. Lo más característico del bicarbonato es que pica. La sensación que te produce en la lengua es la misma que cuando vas paseando por la playa y un golpe de viento llena de arena tu piel mojada. Ahora sé que el bicarbonato, además de ser bueno para la pesadez estomacal, es el mayor enemigo del sarro. La siguiente fase es el cepillo eléctrico con una pasta que es como arena. Es un poco desagradable, aunque me vuelve a recordar un día de playa con nordeste. Cambia la pasta por otra más sabrosa: son los últimos momentos. La puntilla la pone el hilo dental que, según comenta mi dentista, entra y sale correctamente. No me gusta que use el mismo trozo de hilo tanto rato, porque acaba pareciendo lana deshilachada.
   –Me gustaría ver como ha quedado con la cámara –le comento intrigado– ¿Me puedes hacer una foto del después? Quiero compararla con la del antes.
   No debe estar acostumbrada a pacientes tan preguntones y efusivos. Pero no lo puedo remediar, me gusta ir al dentista.
   –Menudo cambio, parecen otros dientes –le digo, reconociendo su trabajo.
   –Son sesenta euros –me suelta indiferente.
   Ya no quedan dentistas como los de antes, pienso mientras me alejo sonriendo.
 





Sábado de frío

15 12 2007

Es sábado y hace frío. Como he dejado la calefacción funcionando toda la noche, con el termostato a diecinueve grados, no puedo certificarlo en mi propio cuerpo, pero al subir la persiana de mi habitación, un simple vistazo al desfile de abrigos y bufandas me lo ha dejado más o menos claro. Subo la radio para escuchar a Angels hablar del fomento de la lectura entre los más jóvenes, al respecto de los datos de PISA. La clave está en casa, en un ámbito informal como el familiar. Es cierto que los maestros y profesores pueden corregir deficiencias, guiar y animar (también algunos pueden hacer y hacen todo lo contrario), y que hay niños más despiertos, y con más querencia por los libros que otros, pero lo fundamental sucede entre las cuatro paredes donde vives.
En mi casa, siempre ha habido libros en todas las habitaciones; incluso en la cocina y el baño. Mi padre, en sus comienzos en la escuela, fue profesor de Lengua y Francés (luego en su admirable afán por la formación continua, se pasó a Matemáticas y Ciencias), y a mi madre la recuerdo, desde siempre también, con un libro entre las manos. Era como el maravilloso anuncio del Ministerio de Cultura de Si tú lees, ellos leen. No sé si leían solo por el placer de la lectura (uno de los mayores de la vida, como dice Federico Luppi en Martín H), o también había algo de querer transmitir unos determinados valores. El caso es que lo hicieron y, desde muy pequeño, tanto que me da rubor decirlo, los libros pasaron a formar parte de mi vida, en un lugar muy destacado. Lo de mi hermana fue peor (mejor) todavía. Cada noche, mi madre le leía Margarita, de Rubén Darío:

Margarita esta linda
la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de
azahar,

yo siento
en el alma una
alondra cantar
tu acento.
Margarita, te voy a
contar un cuento…

Un día, justo antes de cumplir los tres años, cogió el libro y lo leyó parándose en las comas, en los puntos, casi entonando. En realidad, se lo había aprendido de memoria de tanto escucharlo, pero estuvimos a punto de mandarla a uno de esos horribles programas de niños prodigio; lo que pasa es que por esa época no había ninguno, y no pudimos hacernos ricos a su costa. Hizo lo mismo con un cómic de Lucky Lucke, por lo que descartamos que se hubiera aficionado, singularmente, desde tan temprana edad a la poesía latinoamericana del siglo XX.
Si hay un libro que recuerde, de aquella época, aparte de la colección completa de Astérix, con la que aprendí historia, geografía y un especial interés por las diferentes recetas para cocinar el jabalí, es La historia interminable, de Michael Ende. La imagen (y el contenido) de ese libro marrón oscuro (desde que desgastamos, hasta reducirla a la nada, la cubierta original de la que ya no recuerdo su color), me ha perseguido y me perseguirá siempre. Quizá por eso el escritor alemán lo tituló de esa manera. Se puede decir que fue el primer libro que me impactó lo suficiente como para hacerlo parte de mí. Algo que no han conseguido tantos como yo habría querido. Me hubiera gustado apuntar en un cuaderno todos los cuentos, poemas, relatos, novelas, comics, etc, que he leído, pero nunca tuve esa brillante idea. Además, tengo mala memoria y, encima, de mi casa en Santoña han ido desapareciendo libros, con un balance negativo, a pesar de todas las adquisiciones de estos años. Supongo que buena parte de ellos estarán en Alemania; otros en casa de alguna de mis tías; alguno huyó, aprovechando el aleteo de las hojas, buscando ocupaciones más tranquilas; y otros, los que más, se fueron el día en que todos nos volvimos más tristes.
Recuerdo que tuve una época de sequía lectora: los tiempos del instituto. Allí me di cuenta que lo de representar a los alumnos, y denunciar las malas prácticas de algún que otro aprendiz de caudillo, era algo que me entusiasmaba. Lo malo es que, a la vez, descubrí lo interesante que era hacer el ganso, los primeros amores serios, el calimocho, el ambiente del fumadero, y las risas que provocaban entre mis compañeros de clase mis diálogos, rayando la falta de respeto, con los profesores. En fin, que no tenía mucho tiempo para leer, y además cometí el error de optar por la optativa de dibujo técnico, en detrimento de literatura.
La vida de estudiante de alquiler en Santander despertó, nuevamente, mi afición por la lectura, y los delgados pasillos de la biblioteca del interfacultativo siempre me llevaban a la zona frecuentada por los matriculados en magisterio, lo que no me ayudaba, nada, académicamente, pero sí personalmente, supongo. Transversalmente, para modelar a ese joven rebelde, las lecturas políticas siempre han estado presentes en mi vida: desde las memorias del Ché, Carrillo, Mandela, Brandt, El capital de Marx, hasta cualquier intervención o programa marco que pasase por mis manos, pasando por artículos, comentarios o estudios de derecho político comparado (hasta conseguir, entre otras cosas, el dudoso logro hacerme experto en la Constitución de Cuba de 1976). Esas lecturas, más actualizadas claro, las he ido complementando con libros sobre talento, liderazgo y creatividad, lo que me provoca una frustración constante, ya que son palabras tan bonitas como extrañas en el entorno más cercano. Esa circunstancia ha conseguido que, de un tiempo a esta parte, las novelas, los cuentos y la poesía, vuelvan a ganar por goleada a los ensayos, lo que siempre es mucho más saludable.
Al final, los libros siempre han estado (están) ahí; son grandes e insustituibles compañeros, evocadores de sentimientos y dignos depositarios de nuestra máxima confianza. También son multiplicadores de historias. Como dice hoy Muñoz Molina, en Babelia, ”soy lo que he leído”. Una vez dicho todo esto, continúo con el segundo capítulo de El mundo de Juanjo Millás, dándole antes las gracias por traerme estos recuerdos.





Libertad

6 12 2007

Con la libertad individual que se consagra en la Constitución, he decidido no moverme del sofá en todo el día. Y cuando eso sucede, es un buen motivo para ser (más) feliz. Un poco de lectura, comer algo de vez en cuando (sin elaborar), poner Cinemateka y dejar pasar, con más o menos atención, una película tras otra, echar un ojo a los teletipos, y detenerme, por recomendación de algún amigo, en alguna cosa curiosa en la prensa de hoy. Sobre el cristal de la mesa del comedor, entre Cortázar, Eco, Naipaul, Borges, Innerarity y Gore (he reducido casi a la mínima expresión el consumo de ensayos), descansa El mundo de Juan José Millás, exhausto tras la continuada y despiadada lectura a la que le ha sometido MC. Yo, sin embargo, no he podido terminar con el Tokyo Blues de Murakami, y menos cuando, sobre las cuatro de la tarde, han aparecido en la pantalla Federico Luppi, Juan Diego Botto, Eusebio Poncela y Cecilia Roth, para volver a interpretar una de las mayores joyas de la historia del cine, ofreciéndonos unos diálogos tan intensos como decisivos. Martín (Hache) es una película, eminentemente, de palabras. Y es que las palabras sirven para tanto…hasta para mentir. Escucho en el comentario de Gabilondo, al hilo de la brillante intervención de Marín pidiendo grandeza, hoy, en el Congreso, que la política necesita decencia y consenso. No puedo estar más de acuerdo. Pero el consenso no sirve para nada (y es despreciable) si no está dirigido a cambiar las cosas. Me cago en el consenso que sirve para perpetuar desigualdades, premiar a los enemigos de los cronopios, o consagrar estrategias más cercanas a lo financiero que a lo político. Consensos así deterioran, hasta la náusea, la libertad. Al menos, el olor no ha llegado todavía a mi sofá.

P.D. Como (casi) todo el mundo sabe, la posdata es la anotación que se añade al final de una carta ya concluida y firmada, para añadir información que no se recordaba o conocía mientras se estaba escribiendo. Habrá que ejercitar la memoria, entonces.





Que vuelva a llover

5 12 2007

Que vuelva a llover. Que la lluvia se lleve a esta gente de mis calles. Que se haga paso y me abra paso. Que se llenen los portales y las cafeterías de refugiados. Que no entorpezcan mis pisadas. Que no se metan en mi camino. Que pueda ver el cemento de las aceras. Que no me saluden más fantasmas. Que dejen de asustarme objetos no identificados. Que enmudezca el ruido. Que despierte el miedo. Que no me gobiernen con sus horribles canciones. Que no se detengan. Que no anden. Que no se concentren en mitad de la nada. Que no destilen verborreas baratas. Que no disparen sus flechas de diamante. Que no vengan hacia mí narcotizados. Que eviten respirar el aire que me pertenece. Que no se deslicen en plazas desconocidas. Que no cabalguen sobre algún extraterrestre plastificado. Que les denieguen todos los permisos preceptivos. Que pueda descansar de mis delirios. Que la lluvia se lleve ya a esta gente de mis calles. Que vuelva a llover.





Siempre nos quedará París

3 12 2007

Si Rick Blaine hubiera pensado más en sí mismo que en hacer lo correcto, seguramente el final de Casablanca habría sido otro. ¿Quién no ha esperado, alguna vez, que después de la imagen del avión despegando rumbo a Lisboa, apareciese tras la niebla el delicado rostro de Ilsa Lund, enviando a Louis, otra vez, a su condición de actor secundario y devolviendo a Richard el dulce recuerdo de París? Pero la cruda realidad es que eso nunca pasó, ni pasará. Tampoco sabremos si Rick Blaine se arrepintió de haber hecho lo correcto. Ni tendremos noticias de si, en algún lugar del mundo, Ilsa fue feliz. Lo que si conocemos, porque está en la historia, es que la (nunca suficientemente agradecida) labor de gente como Víctor Laszlo desde la resistencia, contribuyó a terminar con el delirio nazi. Historia felizmente repetida en la mayoría de los delirios, ya sean de alta o baja intensidad, o de alto o bajo valor añadido. Dice un amigo que siempre hay una frase de Casablanca para todo. En tiempo de nuevos delirios me quedo con estas cuatro: ”El mundo se desmorona y nosotros nos enamoramos”, “Captura a los sospechosos de siempre”, “De todos los bares en todos los pueblos en todo el mundo, ella entra en el mío”, y la mejor: “Siempre nos quedará París”.





El gozo de escribir

29 11 2007

Durante el último mes, gracias al concurso de microcuentos de la SER, he participado en un curso on-line de la Escuela de Escritores, que lleva por nombre El gozo de escribir. Ciertamente, hace honor a su título, y solo lamento no haber podido dedicar más tiempo: el necesario. Ayer nos despedíamos de nuestra profesora, Virginia Ruiz, y del resto de compañeros y compañeras: Carlos, Jose, Ana, MJ, Miriam,…Ahora toca releer todos los materiales, revisar los ejercicios (los míos y los de mis compañeros), y analizar, de manera pausada, los comentarios críticos de Virginia. Como pega, se podría decir que si el grupo hubiera sido más reducido y compacto habría mejorado la interacción y la participación. Me quedo, sobre todo, con cuatro cosas importantes: la libreta, mi inseparable amiga a partir de ahora; hay que mostrar y no explicar (la frase más repetida por Virginia); la idea de mirar la realidad de siempre con ojos nuevos; y el descubrimiento de Berna Wang: la maga de lo cotidiano. En fin, que me da pena haber terminado; me empezaba a gustar eso de…tengo que hacer los deberes de la Escuela de Escritores.





El secreto de la lluvia

27 11 2007

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje. 

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante. 

FEDERICO GARCÍA LORCA, en Lluvia.

La lluvia ha irrumpido, con fuerza, en nuestras vidas, tornando la calle en un lugar de tránsito rápido en el que nadie quiere estar, por no mojarse o pasar frío. Es una de las incógnitas de la humanidad: sabemos que la lluvia existe, llevamos viviendo con ella desde que nacimos, pero no acabamos de acostumbrarnos; de eso se aprovecha para cambiar nuestros planes, para convertirnos en indefensos viandantes que van de un sitio a otro, con un gesto molesto en el rostro, maldiciendo el chaparrón que azota nuestros paragüas; eso cuando los tenemos. Mi vida entre semana transcurre, siempre, por las mismas calles. Siempre las mismas aceras, las mismas esquinas, los mismos comercios, los mismos olores: a café, por la mañana pronto; unas horas más tarde a tortilla recién hecha; y a la hora de comer a platos más elaborados, que me hacen salivar, mientras acelero la marcha para llegar pronto a casa y precipitarme, violento, sobre el frigorífico. Cuando llueve, y ese ha sido el caso los últimos días, los olores se diluyen, llegan difuminados, a lo que contribuye que pasamos más rápido por delante de todo. A veces ni nos damos cuenta de saludar a las mismas personas de cada día, con las que nos encontramos siempre a la misma hora y en el mismo número de portal de la misma calle. La lluvia consigue que todos seamos unos completos desconocidos. Es capaz, incluso, de hacer que pase de largo del dieciséis del Paseo Pereda, y que tenga que volver sobre mis pasos cuando veo el letrero de la Cafetería Fripsia y me doy cuenta de que, otra vez, se ha salido con la suya. Ella se presenta siempre distinta ya que, como buena coqueta, no le gusta repetir modelo. Hay días que opta por trajes largos y entallados, que cubren hasta los pies, y dejan poca libertad de movimientos. Suele usar colores oscuros: sobre todo negros y grises, pero también marrones, aunque, en ocasiones muy especiales, se le ha podido ver luciendo casi todos los tonos de la paleta. Otras veces, los vestidos son cortos, intermitentes, con un corte fino y moderno, siguiendo las recomendaciones de los mejores estilistas de la meteorología. Incluso, no se sabe si para llamar aún más la atención (porque se siente sola), alguna vez se aparece desnuda, sin más tejido que el llanto dulce de sus gotas, que buscan cobijo en el pelo y en los labios de algún desprotegido muchacho. La lluvia late con fuerza en las calles de mi ciudad. Rebota y explota como malherida. Vuelve más desdichada la rutina, que no tiene más remedio que compartir su tristeza con las personas que viven encerradas en ella. Aprovecha que la gente se encierra en sus casas, para disfrutar de la ciudad a su antojo. Juega divertida en los parques, pasea en círculos por las solitarias plazas y corre (casi vuela) por las avenidas sin hacer caso de las señales y dejando atrás todos los coches aparcados a su paso. Hay tardes en las que se la puede escuchar hablando con el viento. No se adivinan palabras, tan solo algún silbido que se pierde en el horizonte. Una noche, de camino a casa, me encontré con el vagabundo loco de mi barrio gritando sus proclamas en medio del incesante chaparrón. Una mirada rápida para darme cuenta de que, en toda la Alameda, sólo estábamos los tres: la lluvia, el loco y yo. Esa vez no sentí pena, ni asco, y me paré junto a él para escucharlo. Decía algo de la lluvia, aunque no se le entendía bien, porque cuánto más gritaba, más intenso se hacía el chaparrón; era como si ella quisiese silenciar sus palabras. Parecía como si estuviesen escritas en un papel, cuya tinta se va emborronando al mojarse. Decidí acercarme más; tanto que podía oler sus palabras. Al fin, conseguí descifrar el mensaje. Seguí caminando hasta casa pensando en ello. A la vez que las palabras del loco rebotaban en mi cabeza, se iban haciendo más pequeñas en medio de la noche. Cerré la puerta, me quité la ropa mojada, me sequé el pelo con una toalla que olía a humedad y me senté en el sillón para ver caer las enormes gotas, a través de la ventana de mi balcón. Puse las noticias y comprobé que, en la costa del sur del país, la lluvia también estaba haciendo de las suyas. Inundando calles, anegando portales y casas, destrozando coches y empujando, con fuerza, hacia ninguna parte a los incautos que osaban ponerse en su camino. Quizá el loco tuviera razón, pensé. Quizá sea cierto que la lluvia necesite deshacerse con fuerza cerca del mar, como cualquiera sintiendo algo parecido. Tal vez sea verdad que en la oscuridad de una noche cerrada, en medio de alguna devastadora tormenta, la lluvia y el mar se encuentran, desnudos y a solas, sin pensar nada más que en ellos mismos. ¡Quién podría condenarlos por eso!





Jueves lluvioso

22 11 2007

Ha dejado de llover. O eso creo. Hace un rato que no miro a través de la ventana. Ayer, el sur despertó, bruscamente, a la bahía. Hoy las nubes la duchan, para librarla de impurezas (in)humanas. Esta mañana, de camino al trabajo, me he encontrado con el maestro Fernán(do), que tenía su última función en el Teatro Español, en la Plaza de Santa Ana, donde un amigo ha comprado un pequeño apartamento; según me contó ayer por la noche. ¿Está lloviendo? No sé, y no tengo paragüas. Leo, por encima, lo del CIS(co). En la encuesta del 9M volveremos a ser los primeros. Como primeros (y espero que no únicos) han sido los compañeros de Euskadi. Eduardo hace tiempo que era el número 1. Ahora, también lo es en las listas. ¡Felicidades amigo! Sé de alguien que se hubiera alegrado muchísimo.





De orgullo, disgusto y extraños cambios de roles

19 11 2007

A veces pienso que debería programar mi radio para que en la desconexión territorial, que se produce demasiadas veces y a muy tempranas horas (para mi gusto), pusiesen publicidad, o conectasen con alguna radio fórmula, o alargasen hasta el infinito el ya mítico microespacio sobre ”el Puerto de Santander, el Puerto de Cantabria”. Mientras tanto, me sigo torturando cada día muy a mi pesar. Normalmente, los lunes suelen ser peores, por aquello de que se rompe, de un sólo golpe, el espejo de la felicidad del fin de semana. Esta mañana, he asistido, con rubor (y un cabreo de cojones), a un (nuevo) extraño cambio de roles, que me tiene (al menos) perplejo. Los que teníamos que estar disgustados estamos orgullosos, y los que tenían que estar orgullosos (o simplemente no estar, que ya huele) están disgustados. No sé a qué clase he faltado este cuatrimestre, pero no entiendo nada. En fin, que voy a ver si consigo programar mi radio, de una vez, para evitarme estas inservibles reflexiones matutinas.