Pido disculpas por mi abstinencia en el blog esta última semana. Me gustaría escribir a diario, pero últimamente no encuentro nada interesante que decir. No quiero afirmar con esto que antes fuera así —a mí quizá podría parecérmelo, pero no lo he sometido a ningún juicio que me dé evidencias al respecto—. Lo cierto es que llevo un tiempo más centrado en leer, de manera voraz, casi enfermiza —de ello pueden dar fé mis amigos Perec, Tabucci, Magris, Pitol, Sthendal, Vila-Matas, Bioy Casares, Melville, Sterne, Zweig, Svevo, Manguel…—, y en escribrir relatos, y hasta que averigüe si el inédito que aparece como requisito en las bases de todos los concursos incluye o no a los blogs, no voy a colgar aquí ninguno más. Además, aunque sean relatos breves —sobre dos mil palabras— resultan demasiado extensos para las necesidades de este novedoso, pero ya saturado, formato en la red. Porque tengo claro que es un formato y no me considero bloguero, sino un aprovechado que utiliza todos los medios a su alcance para escribir sobre lo que piensa o siente.
Siento decepcionar a la comunidad pero no tengo alma de bloguero; cada vez me parece un movimiento más ombliguil y, además, todavía no he encontrado en ninguna bitácora —ni lo encontraré— nada mejor de lo que me puede dar un buen libro. En Internet no se lee, sino que se busca información y espero que eso no cambie nunca, porque no sabría que hacer sin los libros tal y como los conocemos ahora. Además —y sobre todo—, he llegado a otra conclusión, tan dura como cierta —si es que hay algo cierto y no es todo producto de la ficción—: no encuentro la absoluta libertad, la necesaria para no mentir a mis lectores, que los hay y muchos; algunos hasta me regalan libros —gracias Félix—. Decía que no encuentro la absoluta libertad y no lo haré hasta que no rompa todas mis ataduras —y digo todas— con el sistema que apaga los susurros de mi esperanza.
Estos días me apetecería gritar bien alto algunas preguntas. Cuestiones que me asaltan y a veces incluso me trastornan un poco, demasiado. No sé por qué, por ejemplo, antes estábamos mucho en China y ahora no salimos del pueblo. O por qué promovemos que cualquier vendedor de humo de tres al cuarto decida —por todos nosotros— hasta la última coma. O por qué nunca atacamos, sólo nos defendemos y a veces ni eso, y si acaso terminamos por defendernos —porque parece que ya nos da vergüenza— lo hacemos tarde y mal. Me pregunto, también, por qué las cosas se plantean en términos tan poco democráticos como el ya mítico si no estás conmigo estás contra mí, y se confunde, a sabiendas, la lealtad con la sumisión, y el pensamiento y espíritu libre con la deslealtad. En fin, que ese necesario proyecto ilusionante —del que habla mi amigo Juan Carlos—, que todo el mundo debe buscar para ser feliz, es incompatible con buena parte del sistema en el que me muevo, por lo que voy a focalizar todo mi interés en un entorno más reducido, mucho más reducido aún: tanto como yo y mis circustancias.