Me encontraba ayer por la tarde en casa, más o menos como en una tarde cualquiera. Lo único diferente, quizá, es que estaba tomando un té de regaliz verde y empezando a leer Infidelidad del regreso, de Juan Benet. Cuando iba por la página dieciocho sonó el teléfono. Era un número oculto y no suelo responder en esos casos porque me molesta la incertidumbre del quién será, pero, no sé por qué razón, contesté a la llamada:
—¿Sí?
—¿Raúl? ¿Raúl Gil? —preguntó alguien con una voz que me sonaba familiar.
—Sí, sí… Soy yo. ¿Quién es?
—Soy José Luis Rodríguez Zapatero, el Presidente —y sonó con tanta solemnidad que no supe qué decir durante unos segundos.
—…
—¿Estás ahí?
—Sí, sí. Disculpa Presidente. Es que no esperaba tu llamada —evidentemente que no la esperaba: ¡Qué tontería estaba diciendo!
—Te llamo porque, como seguro sabes, estoy formando gobierno y resulta que he pensado en tí —¿Ha pensado en mí?, pensé… (¡Igual es mucho pensar!)— para ser Ministro de Defensa.
—¿Ministro de Defensa? Pues… Presidente, yo te agradezco que hayas pensado (otra vez el puñetero verbo) en mí, pero ya sabes que no termino de encajar del todo con las fuerzas del orden —le indiqué buscando la primera excusa para no aceptar el cargo.
—No te preocupes por eso. Yo necesito alguien que ponga firme al ejército —valga la redundancia dije yo—. Me han comentado fuentes bien informadas que tu madre trabaja en el Ministerio de Defensa y sabe como lidiar con capitanes, coroneles y generales.
—Ya, pero yo no soy mi madre. ¿Y si la nombras a ella? —segunda intentona para librarme.
—Si la nombro a ella me saldría un Gobierno con más mujeres que hombres y no sé yo si España está todavía preparada para eso. Le dices que te ayude, la nombras asesora o lo que sea —esta última frase la dijo con un tono más coercitivo y concluí que no podía negarme por más tiempo.
—Está bien, Presidente, acepto ser Ministro de Defensa —le dije resignado—. ¿Qué tengo que hacer ahora?
—Muy bien. Nada, tú no hagas nada. Espera acontecimientos y, sobre todo, no se le digas a nadie, ni lo escribas en tu blog que luego se entera todo el mundo —con esa orden y un «nos vemos pronto» dio por terminada la conversación, antes de que me diera tiempo a preguntarle si el billete a Madrid me lo tenía que pagar yo, porque no está el mes de abril para muchas alegrías. En caso de que fuera así, decidí que cogería el bus o el tren que es más barato y además, con lo que dura el viaje, me da tiempo a leerme, dos veces, el Manual de instrucciones del ministro novato, editado por Moncloa.
Dejé el teléfono sobre la mesa de la cocina y me quedé paralizado. ¿Y ahora qué? Llamé a mi madre y me dijo lo que suelen decir todas las madres: «Hijo mío… Tienes que buscar piso en Madrid y comprarte ropa nueva que, últimamente, te estás dejando mucho». Me entró más miedo tras escuchar a mi madre. ¿Me estoy dejando? ¿Piso en Madrid? Busqué en internet el teléfono de alguna inmobiliaria de la capital, y llamé con la idea de buscar un piso de alquiler, pequeño y acogedor, no muy lejos de la sede del Ministerio de Defensa —que por otra parte no tenía ni idea de dónde estaba—. El chico que me atendió me dio varias referencias y me preguntó en qué trabajaba:
—¿Yo?… Pues, yo, yo soy Ministro —justo al terminar esa palabra escuché una risita al otro lado del teléfono y comprendí que, antes de hacer más el ridículo, era mejor llamar a alguien que supiera de estas cosas.
Marqué el número de Elena Salgado y al cuarto tono contestó. No la dejé preguntar nada, le expliqué lo que pasaba de la mejor manera que pude, me felicitó, la felicité yo a ella, ambos felicitamos a Alfredo, y de paso —y porque nos lo merecemos— felicitamos a todos los socialistas de Cantabria; una vez terminado el círculo vicioso de felicitaciones me aclaró que el Ministro de Defensa, por seguridad, tiene que vivir en un piso habilitado en el propio Ministerio. La noticia terminó por destruirme por dentro. ¿Vivir en el propio Ministerio? Pensé con terror que, quizá, también debería comprar el pan en una tienda, atendida por un funcionario con siete u ocho trienios, ubicada dentro del propio Ministerio. Me pregunté si podría ir al cine o, sin embargo, tendría que ver películas en una sala habilitada dentro del Ministerio —o, aún peor, que en esa sala sólo se pudiera ver la televisión—, y me alsaltó la duda de si el JEMAD me autorizaría lecturas de Faulkner, Pedro Juan Gutierrez o Vila-Matas. Rompí a llorar como un niño, y grité al viento (dentro de casa no soplaba, evidentemente, pero queda mucho más poético) que no quería ser ministro.
Me armé de valor y llamé a Moncloa, con la intención de decirle al Presidente las palabras que, justo hacía unos segundos, había gritado en la soledad de mi casa vacía. Una señorita muy amable me pasó con José Luis:
—Presidente, perdóname, pero tengo que decirte que dimito como Ministro de Defensa —le expliqué con un tono de voz nada convincente, pero eso era lo que había…
—¿Dimites? Pero… ¡Si ni siquiera te he nombrado! ¡No me puedes hacer esto! Tienes que ser Ministro de Defensa.
—Prefería no hacerlo —le espeté decidido, convirtiéndome de esa manera en el primer ministro Bartleby de la historia de España.
El Presidente, lector empedernido y hombre comprensivo, entendió enseguida el mensaje y, abrumado por la perfección de mi «preferiría no hacerlo», no insistió más. Casi ni se despidió —lógico por otra parte—, aunque le escuché mascullar algo sobre una tal Carmen Chacón y un Gobierno con más mujeres que hombres. Pero esa, amigos y amigas, es otra historia…