El domingo Felipe
27 02 2008No es una costumbre demasiado arraigada. De hecho no es una costumbre, ni tengo constancia de que haya sucedido nunca, salvo algún caso aislado, y no conocido, que por no conocido no quiere decir que no exista, a no ser que defendamos que sólo existen las cosas que conocemos. Yo creo que no. (Felipe no tiene ese problema. Le conocemos: existe. Y aunque no le conociéramos, también existiría. Es de esa gente imprescindible en la historia).
Os decía que no estamos acostumbrados a que haya espontáneos en los mítines. A mí me encantaría serlo en el mitin del domingo con Felipe. Salir, de repente, y soltar un discurso, largo —tampoco demasiado para no aburrir—, de unas mil doscientas palabras; decirlo despacio, sereno, casi declamando, mirando a la gente para hacerles cómplices de mis palabras. ¡Cómo me gustaría estar detrás de ese atril metálico con el frente rojo en el que aparece escrito el acertado Vota con todas tus fuerzas! Hablar de la libertad, de la esperanza. Contar alguna cosa graciosa, para animar a la concurrencia que, sentada en alguna incómoda silla o de pie en alguna difícil postura, esperan también divertirse, porque convencidos ya vienen. No hablaría de Sieso, ni de Diego, ni del alcalde —ya se lo dice él todo—. No estoy dispuesto a perder el poco tiempo que tengo en hablar de gente sin sustancia. Algo diría de Rajoy, pero sólo para pedirle que deje de escupir su terrible argumentario de palabras a granel.
A estas alturas de la intervención, debo hacer un acto de justicia —precisamente, el que me ha traído hasta esta tribuna—: dar las gracias, en algún idioma desconocido, a Felipe. Por el cambio, por la España que nos dejó, a pesar de la España que se encontró. Supongo que Felipe sonreirá al escucharme, o tal vez piense que sería bueno que fuese terminando, pero al menos yo me he quedado tranquilo, porque he hecho lo que tenía que hacer. No sé si le tengo que ceder a él la palabra, o aparecerá otro espontáneo para soltar, también, su discurso. Quizá en ese caso, la organización empezará a poner alguna pega, por aquello de la hora, y porque hay que lanzar los mensajes del día. La gente pedirá más caña y Felipe les dará alguna idea de las que tomar nota en el moleskine, alguna idea de las que aprender al escucharla y al pronunciarla. Cómo me gustaría ser espontáneo en el mitin de Felipe. Mientras eso sucede —o no— trataré de llegar pronto para coger un buen sitio, entre la multitud ilusionada, desde el que gritar —en voz baja— la palabra gracias.
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