Sueño. Cansancio. Barcelona. Modernismo

9 12 2009

Sueño. Cansancio. Barcelona. Modernismo. No sé si fuera queda algo de ciudad. Aquí sólo sueño y cansancio y ni rastro de modernismo. Me acompaña una luz que se pega de bruces contra la pared y deja ver algunas flores del mismo color que el sofá que hace las veces de improvisada cama. Nadie querría vivir en un apartamento con dos ventanas que dan a un patio interior en el que centrifugan todas las lavadoras catalanas al mismo tiempo. He llamado a la Oficina de l’Habitatge y he puesto una queja, y después de un rato de espera, no demasiado, me han dicho que me quede con el piso para siempre. ¿Para siempre? Habiendo nacido en 1880 para siempre no parece mucho tiempo. Al menos no tengo que pagar hipoteca, porque ningún banco –ni siquiera La Caixa– me prestaría un céntimo con estos treinta y dos metros cuadrados como garantía. Odio esa palabra: garantía. La odio. ¿Garantía de qué? ¿Garantía para qué? Odio esa palabra. No quiero garantías de nada, ni quiero que nadie me pida garantías de nada, y tampoco que nadie me las dé. ¿Garantía de qué?

Ahora suena una música infernal, de esas que suelen expulsar los coches tuneados de quinta mano. Pero esta vez no sale de un coche de ésos, sino que viene del piso de al lado. Quizá quiera competir con las lavadoras centrifugando al unísono en do mayor. Creo que prefiero la música infernal, al menos es más previsible, siempre va al mismo ritmo; la lavadora, sin embargo, va cambiando de marcha, y el centrifugado es demencial: motivo de una reunión extraordinaria de la comunidad de vecinos, si es que existe tal comunidad, o simplemente viven, tiran mierda al patio interior y han decidido no hacer ni un mínimo arreglo en un portal que debería haberse caído hace tiempo, al menos así llamarían la atención del Ayuntamiento, que no queda a muchos metros de aquí; metros físicos, porque no me parece que este pequeño Carrer esté en la agenda del Alcalde de Barcelona. Y no me parece mal, sólo lo comento.

En el Carrer de Sant Pau la Filmoteca de Cataluña prosigue su lenta ejecución material, mientras cada vez quedan menos putas y unos carteles recuerdan que justo aquí, en la calle que va directa a la puerta de atrás del Liceu, ejerció la prostitución Monserrat Caballé. Si hay una ciudad de contrastes, esa es Barcelona. En ningún otro sitio coinciden en el mismo barrio las más famosas divas del bel canto con prostitutas viejas y ajadas que ya han olvidado para siempre cómo se hacía una buena mamada. Si hay una ciudad de contrastes, esa es Barcelona. En ningún otro sitio un edificio en ruinas, que un día terminó cayéndose, que más tarde fue un patio abandonado, que todavía sigue siendo un patio abandonado, podría ser el solar contiguo de uno de los restaurantes más cool de la ciudad.

El Born es un buen barrio. Tiene de todo: basura y cava de 4,40 euros la copa. El Born es un buen barrio. Lo único que me molesta un poco es que el setenta y cinco por ciento de sus calles huelan a pis rancio, y no me molesta por el olor, sino porque me recuerda a los sanfermines y no es una fiesta que me agrade demasiado: calimocho caliente, toros y pis en la calle no es mi ideal de vida. Por eso he venido a Barcelona, ciudad antitaurina donde los camareros con pedigrí echan hielo de sobra al calimocho. El Born es un buen barrio. Mejor que el Gótico, mejor que el Raval, mejor que Gracia, mejor que Sarriá… El Born es un buen barrio, aunque en mi apartamento de treinta y dos metros cuadrados nunca dé el sol. No sé cómo se siente un edificio de ciento veintinueve años al que nunca le ha dado el sol. No me gustaría estar en su pellejo arcilloso y remendado. El Born es un buen barrio, y me han dicho que hay una pastelería en la que hacen unos croissants buenísimos.





Llibres, dolços, salats…

28 03 2009

Llibres, dolços, salats… Libros, dulces, salados… Oigo voces que desprecio con simpática virulencia. No quiero escuchar nada que no sea mi propia respiración, oculta, sometida al débil rumor de la incertidumbre… Tampoco me preocuparía dejar de escucharla. No temo a la muerte. Sólo temo dejar de vivir, no haber sufrido suficiente, no haber descubierto algunas calles caleidoscópicas, no haberme reflejado en un número razonable de rostros indefensos… El día que eso ocurra no me importará tirarme delante de un camión de seis ejes que supera en 20 km/h la velocidad máxima permitida en vía urbana. Ahora no es el momento y menos en Barcelona. Dice un amigo de Roberto que si vas a ir a la cárcel o al hospital, es mejor hacerlo en tu ciudad. Debe ser por aquello de facilitar las visitas. Si mueres, no tienes ese problema. Se puede morir en cualquier lugar. No me parece que el espacio físico sea una variable importante a la hora de morir. Si tengo que elegir, si pudiera elegir, ya sé que no es posible salvo en caso de suicidio —quizá sea esa la solución—, si pudiera elegir, digo, me encantaría morir en tu risa. Dejar mi vida en tu boca, sí, en esa boca de almizcle que a los ojos de los necios sonríe de manera exagerada. ¿Qué sabrán ellos?

Me he sentado a tomar un café con Roberto, Julio y Enrique. No se me ocurre mejor compañía. Y si se me ocurriese, tengo claro que ahora mismo no es posible cambiar las cosas, así que para qué vamos a perder el tiempo hablando de ello. Es algo muy típico de la gente, de esa gente que desprecio: se detienen eternamente en conversaciones acerca de temas —casi siempre temas es sinónimo de problemas para esa maldita gente— sobre los que no pueden tener ni la más mínima incidencia. Pierden el tiempo, por tanto, y el tiempo les pierde a ellos, porque no salen nunca de su lamentable bucle. ¡Y no trates de decirles nada! Te reprocharán el intento —temible intento— de hacerles ver que carece de sentido comportarse como lo hacía la gente que vivía en los pueblos en los años veinte del siglo pasado. Si la modernidad, la postmodernidad y la neomodernidad no han servido para terminar con estos modos de vida, es que alguien no está entendiendo nada, o no quiere entenderlo, o sabe dios qué…

«Muchacha a cuatro patas que gime mientras el vibrador entra en su coño. Tenía las piernas largas y dieciocho años, en aquel tiempo estaba en el negocio de la droga y no le iba mal, incluso abrió una cuenta corriente y se compró una moto.» Les he dicho que hoy me quedaré un rato más charlando con Roberto…





Un lujo para mi cerebro

23 03 2009

Este próximo miércoles cojo el avión de Santander a Reus, allí un bus a Barcelona, y luego un tren a Bellaterra, sede del campus de la Universidad Autónoma de Barcelona. En ese mítico lugar me espera, en jornada de jueves y viernes, el I Encuentro de Trabajo y la II Asamblea de Socios de ACOP, la Asociación de Comunicación Política de la que soy miembro activo desde hace casi un año.

Allí coincidiré con los compañeros de ACOP y otros investigadores y profesionales de la comunicación política. Gente muy interesante como María José Canel, nuestra Presidenta, Luis Arroyo, ex director de Gabinete de Carme Chacón cuando fue Ministra de Vivienda, el histórico consultor José Luis Sanchís o Pere-Oriol Costa, director de mi Máster de Comunicación Política y Electoral.

No se me ocurre mejor sitio para este evento que Barcelona, que Cataluña, un territorio en el que la comunicación política está dando pasos decisivos en su necesaria profesionalización, convirtiéndose en un mercado con un importante potencial de crecimiento. Algo parecido pasa en otros lugares del país, aunque con menor intensidad, pero hay coincidencia en que son buenos tiempos (y lo serán mejores) para el trabajo serio y riguroso de los expertos en comunicación política.

De profesionalización de la comunicación política, de encuestas, de comunicar ciudades y de muchas otras cosas más vamos a hablar y debatir los próximos días en la Universidad Autónoma de Barcelona. Sé que aprenderé muchísimo, a eso voy; sé que el veneno va a apoderarse de más partes de mi cuerpo, soy consciente; sé que voy a compartir espacio con los mejores (no sé me ocurre otra manera de vivir), y eso es todo un lujo para mi cerebro.

Y ya que estoy en Barcelona, mi Barcelona, el sábado y el domingo me perderé por sus calles, fisgaré en sus librerías, escribiré cientos de palabras en alguna mesa perdida de un café de los de antes, de los que ya quedan pocos, comeré el menú del día con el Inspector Méndez y pensaré de vez en cuando, a ratos demasiado, en las pequeñas cosas que alimentan mi alma…





Convidat fraternal

18 07 2008

Eso es lo que pone en mi credencial del 11è Congrés del PSC. Tenía muchas ganas de estar aquí. Y es un buen momento para hacerlo. Los socialistas son el partido de la centralidad en Cataluña y gobiernan la gran mayoría de las administraciones; seguro que algo podemos aprender. Bon día, companyas i companys. Preside la ejecutiva Manuela de Madre. Sentados en torno a ella, Montilla, Iceta, Zaragoza, Nadal, Rangel y Castells. 

Estilo minimalista y zen, con dominio de los colores rojo y blanco y todo plagado de cubos, de todos los tamaños, con el lema: La Catalunya que sap on va. En el escenario, entre las enormes pantallas, destaca un precioso atril con forma de iPod. Son, sin discusión, la vanguardia de nuestro partido en imagen. Está hablando el secretario general de la UGT de Cataluña y ha dicho que la gran batalla que tenemos por delante es que ningún trabajador gane menos de mil euros al mes. Aplausos.

Desde mi posición en el auditorio del Palacio de Congresos de Barcelona, veo a unos cuantos jóvenes muy pendientes de todo lo que pasa en la enorme sala, y de las indicaciones que vienen desde la mesa en la que se sienta la dirección nacional. Son los coordinadores, asesores y técnicos que trabajan con los diferentes miembros de la ejecutiva. Que n’aprenguin!

Porque no todo va a ser debatir, han preparado un variado programa de actividades lúdicas, en el que destacan el cine al aire libre en el Castell de Montjuic, diferentes talleres y exposiciones y una barbacoa de verano en la que poner en práctica el necesario socialismo afectivo. Por supuesto, hay wifi, también espacio de relax, un menú muy saludable, guardería y hasta una tienda con productos del PSC (Ruth, ya sé lo que te voy a comprar).

Estoy poniendo a prueba mi conocimiento del catalán con las intervenciones de las diferentes organizaciones sociales, económicas y políticas. Iceta, en mangas de camisa, escucha atentamente las palabras de Joan Ridao de ERC, conciliador, pero a ratos crítico. Cierra el acto de apertura una emocionada Manuela de Madre con un discurso fantástico, de identidad socialista, de valores, de recuerdo de muchos compañeros que ya no están, de repaso histórico a todo lo que hemos hecho; pero también de todo lo mucho que nos queda por hacer. Previamente, ha intervenido Pepe Blanco, flamente vicesecretario general de PSOE. Ha dicho que está orgulloso de ser bilingüe (yo también). Pepe ha hablado en galego. Quiero a este partido (esto es mío).

Día de sol abrasador en Barcelona. Hoy me resguardaré del astro rey entre las cuatro paredes de este funcional Palacio de Congresos, tomando buena nota de todo lo que pase. Mañana aprovecharé para darme un baño en alguna de las preciosas playas de Sitges, hacer una visita a La Central del Raval y disfrutar de la noche barcelonesa. El domingo volveré a sentarme en este auditorio para escuchar las palabras de Montilla y Zapatero. El espíritu del PSC está dentro de mí. Y ha venido para quedarse. 





Vivir (en) Barcelona

25 03 2008

Estos días de largo puente he practicado mi deporte favorito: vivir Barcelona. Siempre que vuelvo a LA CIUDAD pienso que la próxima vez será para quedarme; al menos por un tiempo: el suficiente para sentirme, encara més, ciudadano de Barcelona. Sueño con abrir las contraventanas verdes de mi acogedor piso y comprobar que El Born sigue igual de cálido y creativo. Bajar las escaleras y encontrarme en el entorno de la maravillosa Santa María del Mar. Cruzar la Via Laietana y tomar el pulso al alborotado e imprevisible Barrio Gótico. Y es que yo, como el inspector Méndez, viviría dentro de las fronteras de la Ciutat Vella. No sé si hay un sitio mejor —en realidad sí lo sé: no lo hay—. Abrigado del viento y el dinero que hay en el Paseo de Gracia. Fuera del alcance de los restos de la Villa Olímpica. Me imagino en ese pequeño apartamento, en la cuarta planta —espero con ascensor— de un rehabilitado portal en el que se hable catalán, castellano con acento argentino, wolof, y se chapurree algo de inglés. Pasando las horas en La Central del Raval para mejorar mi catalán con las palabras certeras de Salvador Espriu y Martí i Pol; tomando un café conversado con algún artista de otro tiempo en el Café de L’Opera; comprando las nutritivas, y perfectamente colocadas, verduras y frutas de La Boquería; descubriendo la última colección de algún joven diseñador en un pasadizo que no cierra ni para dormir; paseando por la Barceloneta en un día de viento frío y crudo; escuchando los susurros de las musas del Palau de la Música Catalana del gran Domenech i Montaner; o poniendo la anteúltima piedra —¡la última nunca!— de la Sagrada Familia. Entre semana, me dejaría llevar —que remedio— por el trepidante ritmo de la ciudad, dejando algún hueco para descubrir nuevos rincones; viernes Cines Verdi, sábado MACBA —por la noche el menú de algún cocinero creativo con vino del país—, y domingo Parque de la Ciutadella y Camp Nou. La felicidad definitiva. Vivir (en) Barcelona podría ser el título de una de mis grandes obsesiones. He vuelto convencido de que pronto dejará de serlo, y con el moleskine lleno de notas para dos o tres relatos.