―No hay derecho a que vaya así, yo ahí no subo―un señor en la cola.
―Esto es tercermundista―una señora en la cola tras escuchar al señor.
―En Madrid se hace cola y se respeta la cola, aquí no se respeta ni a una pobre viuda―una señora justo después de colarse.
―La gente mayor, ¡joder con la gente mayor!―un anónimo sufridor.
―Llevo aquí desde menos diez, así que como te cueles hay hostias―dicho además con cara de pocos amigos.
―O se echan todos para atrás, o paro el motor y me pongo a esperar el relevo, ¡joder!―el conductor sensiblemente enfadado.
―La gente pide más autobuses, pero lo que hay que hacer es llenarlos―otra vez el conductor, esta vez menos enfadado y más reflexivo.
―Si abre la puerta, igual podemos salir y todo―un poco de humor para distendir.
―El autobús que ha pasado antes no ha abierto esta puerta, sólo la de atrás, no sé yo si eso será tener muy poca vergüenza―una señora que ni quería subir al autobús anterior ni iba a subir a éste, simplemente pretendía expresar su opinión como ciudadana.
―Vendría lleno, señora―el conductor en defensa de su compañero.
―Ni lleno, ni nada, un sinvergüenza―la misma señora, esta vez con la puerta cerrada y gritando.
Las conversaciones que uno puede escuchar en los autobuses no es que reflejen un “microcosmos”, reflejan la realidad del mundo, la globalidad en su dimensión más inmediata.
Conversaciones muchas: ¿y la de la señora que va al médico y cuenta a su amiga/vecina lo que la ocurre?