Sí, la playa es de los dos, y ahora la lluvia también es de los dos. Siempre hago lo mismo: llego a casa y repaso todo lo que hemos hecho en las últimas horas; y sonrío, y no sonrío, y sonrío, y no sonrío, y sonrío… Busco en Youtube alguna canción que no me hable de ti (me basta con que lo hagan todos los gatos del vecindario), y cuando la encuentro no consigo posar el puntero sobre el triángulo del play, así que vuelvo a escuchar a Francisco Nixon cruzando la calle, y me entran ganas de escribir y escribo.
Antes, mientras disfrutaba del último tarro de Nocilla, he pensado que debería dedicarme a lo que me gusta: pasear, ir de aquí a allá, mirar al horizonte, descubrir alguna playa escondida, leer en todos los rincones, escribir cuando tengo ganas… y no he encontrado ningún motivo razonable que me impida hacerlo, más allá de tener que pagar una mierda de hipoteca. Leí en Babelia unas palabras de Antonio Tabucchi en las que aseguraba que su patria es portátil, porque no tiene más equipaje que su lengua: el italiano, el idioma en el que piensa, escribe y sueña.
En el autobús, a la altura de Solares, me he fijado en dos mujeres que iban andando en dirección a un edificio de ladrillo cara vista en el que había dos bajos comerciales con el letrero de color verde: uno era una tienda de frutas y verduras, y otro la sede local del PRC. Las seguí con la mirada, parecían felices, y pedí en silencio al conductor que fuera más despacio para saber dónde iban. Justo al pasar delante de la señal de fin de población pude comprobar que las dos mujeres que parecían felices entraron en la frutería, y entonces pensé que no todo estaba perdido.
Este inspirado en sucesos reales me gusta mucho… casi tanto como el 7 de Rayuela ;D
Ojalá ante semejante opción, el personal siga eligiendo la frurería.
Peligrosos deseos Raul, no vaya a ser que las señoras acaben en la fruteria cuando el cartel sea verde, azul o rojo.