Leo en Dietario Voluble, último libro de Enrique Vila-Matas, unas palabras de Charles Bukowski sobre el hábito menos saludable: «Si vas a intentarlo, que sea a fondo. Si no, mejor que ni empieces. Puede que pierdas familia, mujer, amistad, trabajos y hasta la cabeza. Puede que no comas en días, puede que te congeles en un banco de la calle. No importa. Es una prueba de resistencia para saber que puedes hacerlo. Y lo harás. A pesar del rechazo y de la incertidumbre, será mejor que cualquier cosa que hayas imaginado. Te sentirás a solas con los dioses, y las noches arderán en llamas. Cabalgarás la vida hasta la risa perfecta. Es la única batalla que cuenta.»
Escribir es tratar de vencer la enfermedad, con más enfermedad. Escribir es buscar la dimensión insondable. Escribir es, desde luego, el hábito menos saludable. El que más te separa de la vida, lo que para mí es de agradecer en los tiempos que corren. Ningún médico recomendaría escribir. Y mucho menos las Autoridades Sanitarias. Vuelvo a leer las palabras de Bukowski —dice Vila-Matas que podría haberlas escrito Roberto Bolaño, y tiene razón— y pienso que la prueba de resistencia es dura. En realidad, no sé si puedo hacerlo, aunque la posibilidad de cabalgar la vida hasta la risa perfecta me parece irresistible. Y en ello estoy, con paciencia pero entregado. He empezado una etapa diferente escribiendo dos relatos nuevos (Robert Greene se escribe con K. y Perspectiva hikikimori), y me apetece compartirlos con mis únicos y bienaventurados lectores. Os dejo algunos jirones:
Robert Greene se escribe con K.
Robert Greene me miró fijamente durante más de treinta segundos, justo el tiempo que tardó el pianista en volver a resbalar con ensayada delicadeza sus dedos por el piano, para obsequiarnos con otro tema de su repertorio de jazz. Me costó soportar su mirada, que mezclada con el silencio parecía el aguijón de una avispa bien alimentada. Me costó soportar su mirada, el esfuerzo me levantó un molesto dolor de cabeza, y terminé dibujando un rictus entre la rabia y el vómito. Él no quiso comprenderme, ni siquiera lo intentó. Rechazó todos mis argumentos, todos mis gestos, todas mis emociones. Él no quiso comprenderme. Quizá era lo esperado; pero no por ello dejó de dolerme un solo segundo.
La tuberculosis pudo con Franz Kafka un martes de junio de 1924. Aquel día ningún tren llegó puntual a la estación de Praga y no se vendió una sola rosa en ninguna de las floristerías de Viena. Aquel día, a miles de kilómetros de allí, Robert Greene murió también sin haber nacido aún, y nosotros un poco con él. Aquel día nunca pudimos recuperar el aliento, ni siquiera al filo del miércoles. En realidad, nunca hubiéramos comprendido nada. El cielo ya nos quiso adelantar algo unos meses antes; pero no le hicimos caso —como tantas otras veces— y continuamos nuestro camino de grava y paciencia.
Perspectiva Hikikimori
En la duermevela constante en la que vivo, tengo los sentidos agarrotados; pero puedo apreciar sin demasiado esfuerzo que al otro lado de la puerta suena una canción que escucho por primera vez: «Y mi maestro me enseñó qué difícil es descubrir el alba dentro de las sombras.» Repito la frase para mis adentros: «Y mi maestro me enseñó qué difícil es descubrir el alba dentro de las sombras.» La repito constantemente, como si no hubiera más frases en ese día y a esa hora concreta. Y mi maestro me enseñó qué difícil es descubrir el alba dentro de las sombras.
La repito y la hago mía, y se la arrebato a la canción que ha dejado ya de sonar —el exterior de mi habitación recupera la insultante normalidad de cada día—; y ahora sólo yo puedo escucharla, porque la repito constantemente para mis adentros, y decido convertirla en la banda sonora de este encierro vital, de esta rebelión pacífica e individual ante la idiotizada sociedad que malvive a duras penas en el exterior de mi habitación. Descubro, en un libro que empecé la otra noche, una frase de Emile Cioran que parece escrita para este relato de mi vida: «Cualquier persona inteligente o decente odia a la mitad de sus contemporáneos.» Mi opinión es que fue bastante generoso, y yo sólo me propongo demostrarlo. Aunque tenga que quedarme para siempre dentro de esta habitación.