El domingo Felipe

27 02 2008

No es una costumbre demasiado arraigada. De hecho no es una costumbre, ni tengo constancia de que haya sucedido nunca, salvo algún caso aislado, y no conocido, que por no conocido no quiere decir que no exista, a no ser que defendamos que sólo existen las cosas que conocemos. Yo creo que no. (Felipe no tiene ese problema. Le conocemos: existe. Y aunque no le conociéramos, también existiría. Es de esa gente imprescindible en la historia).

Os decía que no estamos acostumbrados a que haya espontáneos en los mítines. A mí me encantaría serlo en el mitin del domingo con Felipe. Salir, de repente, y soltar un discurso, largo tampoco demasiado para no aburrir, de unas mil doscientas palabras; decirlo despacio, sereno, casi declamando, mirando a la gente para hacerles cómplices de mis palabras. ¡Cómo me gustaría estar detrás de ese atril metálico con el frente rojo en el que aparece escrito el acertado Vota con todas tus fuerzas! Hablar de la libertad, de la esperanza. Contar alguna cosa graciosa, para animar a la concurrencia que, sentada en alguna incómoda silla o de pie en alguna difícil postura, esperan también divertirse, porque convencidos ya vienen. No hablaría de Sieso, ni de Diego, ni del alcalde —ya se lo dice él todo—. No estoy dispuesto a perder el poco tiempo que tengo en hablar de gente sin sustancia. Algo diría de Rajoy, pero sólo para pedirle que deje de escupir su terrible argumentario de palabras a granel.

A estas alturas de la intervención, debo hacer un acto de justicia precisamente, el que me ha traído hasta esta tribuna: dar las gracias, en algún idioma desconocido, a Felipe. Por el cambio, por la España que nos dejó, a pesar de la España que se encontró. Supongo que Felipe sonreirá al escucharme, o tal vez piense que sería bueno que fuese terminando, pero al menos yo me he quedado tranquilo, porque he hecho lo que tenía que hacer. No sé si le tengo que ceder a él la palabra, o aparecerá otro espontáneo para soltar, también, su discurso. Quizá en ese caso, la organización empezará a poner alguna pega, por aquello de la hora, y porque hay que lanzar los mensajes del día. La gente pedirá más caña y Felipe les dará alguna idea de las que tomar nota en el moleskine, alguna idea de las que aprender al escucharla y al pronunciarla. Cómo me gustaría ser espontáneo en el mitin de Felipe. Mientras eso sucede o no trataré de llegar pronto para coger un buen sitio, entre la multitud ilusionada, desde el que gritar en voz baja la palabra gracias.





Mariano quiso follón

26 02 2008

Mariano quiso follón anoche. Llamó mentiroso al Presidente demasiadas veces y le acusó —indignamente— de haber agredido a las víctimas del terrorismo. Decía Ramoneda esta mañana que esa afirmación —que no es nueva, si no muy repetida— inhabilita a Rajoy para ser presidente. Comparto esa opinión, aunque hay muchas más cosas, y millones de votos, que harán que nunca lo sea. Mariano quiso follón, pero no encajó bien ni lo del bonobús, que casi parecía una broma, aunque no tenía ninguna gracia. No me gustó lo encorsetado del debate, pero, al menos, hubo debate, después de quince años. Y que más de trece millones de personas lo vieran, dice mucho acerca de lo que nos jugamos, y de lo claro que lo tiene la gente. Mariano quiso follón, pero el voto del follonero se lo llevó Zapatero nombrando al oscarizado Bardem. El lunes la vuelta, en la que Mariano se desatará del todo —no descartan sus asesores que directamente se quite la chaqueta y se remangue—, y nos contará la segunda parte de la historia de la niña, que no pasará a la historia, desde luego, ni como contribución literaria ni política. Mariano está derrotado. Al otro lado del atlántico, otra derrotada tira también de follón, y, desesperada, recurre al juego sucio. Don´t worry Obama. 





Venció la belleza

22 02 2008

Reivindico el espejismo de intentar ser uno mismo,
ese viaje hacia la nada que consiste en la certeza
de encontrar en tu mirada la belleza.

La belleza, de Luis Eduardo Aute

Cortó la naranja separando una mitad de otra, y presionó sobre el exprimidor, que no respondió al impulso, y, al mismo tiempo que emitía un aborto de ruido, decidió no moverse, ni girar sobre sí mismo para hacer el milagro del zumo. No le importó porque en el frigorífico había un tetrabrik, que resultó ser un digno sustituto del líquido natural. Bebió dos vasos, uno detrás de otro y casi sin respirar, mientras iba engullendo una rebanada de pan tostado, con tomate, aceite, sal, acompañada por una loncha de queso y otra de jamón cocido. El café tardó menos en salir que la terrible pereza que le daba abandonar aquel blanco tan limpio, insultantemente pulcro, sincero y acogedor. La crema, que parecía creada por un ser superior, cubría completamente el líquido entre marrón y negro, cuyo aroma se había apropiado de la estancia, en un acto casi revolucionario, y, desde luego, mágico. Su boca salivaba, quizá atraída por la consciencia de que el contenido de la taza blanca, con pintas negras, iba a resultarle tan preciado como el último tesoro escondido por Edward Teach —más conocido como Barbanegra—, en las aguas del Caribe.

Con el dedo índice de su mano derecha apretó el interruptor que tenía más cerca, para apagar una fila de halógenos, que, con su luz intensa, mostraban más de lo necesario a primera hora de la mañana. En esos momentos, sólo se necesita ver lo que ocurre encima del silestone gris de la cocina, que es donde se encuentra el ecosistema que contribuye, sin pedir nada a cambio, a un desayuno perfecto. La radio, que sonaba cada vez más lejana, acompañaba el compás de los cuerpos que se movían lentos, casi sin ganas, como aún dormidos, y deseosos de volver al estado de sueño. Y digo cuerpos, porque no estaba sólo. Otro organismo soñoliento, colmado de llamativas rayas horizontales, competía por las mismas sensaciones. Lo cierto es que la pugna estaba amañada: habían decidido entrar juntos a la meta.

 

Los primeros rayos de un sol más madrugador que certero, empezaron a hacerse fuertes entre las hendijas, como anunciando que fuera ya estaba todo preparado para la rutina diaria. Buscaron un millón y medio de excusas, pero todas fueron desechadas porque, al final, pesa más la maldita y traída responsabilidad —cuando está comprobado, empíricamente, que no hay nada más responsable que hacer lo que dicta el cuerpo, si por cuerpo entendemos algo más que ese conjunto de órganos que, a veces, hasta funcionan—, y terminaron dejando atrás el blanco, que ahora parecía menos pulcro, y encontrándose de golpe con el olor a bruma, que es tan denso que ocupa todos los espacios vacíos, y pretende con ambición desmedida desalojar los llenos. El recuerdo del descanso inmóvil, del respiro quieto, y de la sosegada pausa, inundarán, sin duda, cada uno de los actos que tendrán lugar —sin excesiva trascendencia— en el día en que, por fin, la belleza venció la madre de todas las batallas.

 





Versos comprometidos

20 02 2008

Dentro de ese oasis cultural, que pervive con esfuerzo en nuestra región para darnos alguna esperanza, gracias a las aportaciones de ciertas instituciones convencidas —pocas—, y de extraordinarios profesionales —muchos—, mañana jueves, a las 20:30 horas, tenemos —todavía quedan invitaciones disponibles—, en el teatro de la calle Tantín, una cita muy sugerente: la propuesta Versos BIOdiversos. Dicen sus creadores —La Machina Teatro, con el apoyo de la Consejería de Medio Ambiente— que, más que un recital poético, es una representación escénica, un espectáculo teatral de temática ordenada, y con una dramaturgia especialmente diseñada para dar a cada uno de los textos el carácter y el matiz apropiado y, a través de sus intépretes, acercar al público la palabra de los poetas ubicados en su entorno, en la biodiversidad. Nos cuentan, también, que es un canto a la biodiversidad y un homenaje al medio en el que vivimos, abordando diferentes temas como la vida, el amor, las ciudades, la comida, la guerra o la muerte. Temas escritos por cerca de treinta poetas —la gran mayoría contemporáneos— que aportan lo mejor que tienen: su palabra, y que ofrecen una ilustrada, documentada, crítica e incluso profética visión del mundo en que vivimos.

Entre los poetas de los que se ha seleccionado algún texto están León Felipe, Ángel González, Luis García Montero, Miguél Hernández, Vicente Huidobro, Jaime Gil de Biedma o Federico García Lorca, que comparten espacio con nuestros Vicente Gutierrez, Ana Rodríguez de la Robla, Guillermo Balbona, Regino Mateo, Maribel Fernández Garrido o Rafael Fombellida. A esa maravillosa nómina —no he nombrado a todos— hay que sumar que el responsable de la dramaturgia y la selección de textos es Isaac Cuende, los intérpretes son Rosa Gil y Luis Oyarbide, la escenografía es cosa de José Helguera, asistido en el aspecto técnico y de iluminación por Víctor Lorenzo, en el montaje audiovisual participan los chicos de Burbuja Films, la imagen y el diseño gráfico corre a cargo de Miguél de Pizzicato —suerte el sábado— , y que todos ellos están dirigidos por mi amigo Paco Valcarce. No sé si se puede pedir más. Por ahora, os dejo —disculpadme Paco y Eva— con un adelanto de lo que mañana podréis escuchar:

 Lo que cuento a los hombres… a las mujeres… a todo el mundo… está lleno de orgullo. Lo que cuento a los pájaros… a las pájaras y a todo bicho viviente, de música. Lo que cuento a los árboles, de llanto. Y todo es una canción compuesta para el viento. de la cual, después, este desmemoriado y único espectador apenas podrá recordar unas palabras. Pero estas palabras que recuerde son las que no olvidan nunca las piedras. Lo que el poeta cuenta a las piedras está lleno de eternidad. Y esta es la canción del destino que tampoco olvidan las estrellas.

León Felipe





Losing

19 02 2008

Fuera llovía; poco: chispeaba. La jornada se había hecho más larga de lo normal; una reunión interminable que había ocupado toda la mañana tenía la culpa. Ni un minuto para salir a tomar un café, ni para el mínimo descanso; así que tuvo que hacerlo en medio de la sala, mientras el resto de compañeros debatían acerca de los objetivos de la empresa, desconectó tanto que no sabía ni donde estaba; incluso se sorprendió a sí mismo —porque nadie le prestaba atención— mirando por la ventana el sol de la mañana, que hacía de las suyas tiñendo de potentes rayos ultravioletas las calles y las plazas; y con ellas a la gente, que ponía la otra mejilla, motivada por el calor que desprendía el astro rey. Llegó cansado a la hora de salir de la oficina, pero no de trabajar, si no cansado.

Como os decía, llovía; poco: chispeaba. Al entrar al bar, reconoció los acordes de Losing My Religion de REM, y decidió que era una buena canción para empezar, con buen pie, el otro día. Intentó recordar la primera vez que la había escuchado, pero le resultó tan complicado que le empezó a doler la cabeza —el cerebro, en realidad— del esfuerzo. Hay pocas cosas tan difíciles como intentar hacerse una idea de qué día y en qué momento uno escuchó, en una primera ocasión, esta u otra canción. Incluso los que hacen las canciones, tienen que emplearse a fondo para recordarlo —aunque éstos tienen la posibilidad de ponerle al folio en blanco, donde han escrito las letras y destacado en negrita los acordes, una fecha que deje constancia del extraordinario momento de la creación artística—. Enric envidiaba a las personas que eran capaces de escribir unos versos, sentidos y apropiados, dignos de recibir el nombre de canción. Esos dioses todopoderosos —creía— sí que podían acordarse, repasando sus emociones, de en qué momento escucharon, por primera vez, este o aquél tema. Esas historias que surgen por algún conducto no conocido, ni conquistado, es decir: libre; llegando, sin prisa pero con determinación, a las articulaciones de los brazos, y de ahí a las manos, terminando en los finos y clarificadores dedos, capaces de hacer el boceto aproximado de las letras que formaban las palabras necesarias para expresar las cosas que se les iban ocurriendo; que iban vomitando sin decoro ninguno, y con unas ganas de revancha tan sustanciosas como mal pagadas.

Volvió a la realidad del lugar, cuando escuchó al camarero —nuevo, otra vez, por aquello de la constante movilidad: el eufemismo moderno del despido libre— preguntarle qué quería. ¿Qué quería? No era sencillo responder. Aunque, quizá, aquél empleado de la hostelería —que no parecía como los de antes, claro: los de antes sí que eran camareros—  no necesitaba saber nada más allá de lo que le apetecía beber, Enric trató de resolver la cuestión planteada, pero en términos más generales e imprecisos; más filosóficos, más crudos, más como la vida misma, vamos. Había perdido, ya, la cuenta de las veces que se había hecho esa pregunta antes de ese día, de esa tarde después de una jornada larga y sin nada que destacar. Él quería ser feliz y vivir tranquilo. Tan sencillo como imposible de conseguir en una sociedad moderna como la que se nos impone cada día, casi sin darnos cuenta; cuando lo hacemos, inmediatamente justificamos la profunda y peligrosa alienación con frases como: hay que adaptarse a los nuevos tiempos, porque si no nos devorará la brecha digital o la tecnología nos hace la vida mucho más sencilla, y todos debemos participar del culto a su celestial existencia.

Dos o tres minutos después —seguramente fue menos tiempo pero no tengo datos al respecto—, el camarero se había cansado de repetir en voz alta la pregunta, intentando llamar la atención de Enric, y había decidido servir a un cliente que, sentado en una banqueta alta de madera oscura, le llevaba haciendo gestos un buen rato, desde el fondo de la barra. De tanto pensar le entró sueño, y creyó que lo mejor sería irse a casa, y continuar la reflexión interna en algún lugar apartado de camareros, que ya no son como los de antes, y de clientes que no tienen paciencia. Sobre todo, apartado de líquidos que varíen, en un decisivo porcentaje, su percepción de las cosas. Pensó que ese estado de feliz mareo, hoy rechazado por una extraña razón, pero que le acompañaba siempre que pasaba más de media hora en aquél local, hubiera sido el apropiado para acordarse de en qué fecha y dónde escuchó por primera vez Don´t Be Cruel, de Elvis —que sonaba, como improvisada dedicatoria, justo en ese instante—, y, lo más importante, para ser capaz de escribir la letra, y también la música, de un tema como Mojándolo todo, de Luis Eduardo Aute.

Salió malhumorado del bar, y con tres cervezas menos, y tomó rumbo a casa, esperando no encontrarse con nadie conocido por el camino, porque sería muy desagradable tener que gritarle y huir corriendo. Porque eso era lo que la apetecía, lo que le pedía el cuerpo en ese caso. Por suerte, las luces iban perdiendo fuerza, y el abrigo negro hizo de barrera visual para defenderse, vigoroso, de las personas con las que compartía acera, semáforos, y quioscos, en esa zona de la ciudad en la que todo parece de mentira, porque la verdad no es esa, la verdad es la que se cae y ya nunca vuelve para contarnos que tenía razón; que para eso la llaman la verdad.

Unos meses más tarde, pretendió alcanzar la luna de un salto y la desilusión que le produjo errar en el intento, le llevó a lanzarse al vacío desde lo alto del campanario de la primera iglesia que vio a su paso, y a la que pudo entrar por estar en esas fechas, tan señaladas en el calendario —que no sé muy bien lo que quiere decir, pero que siempre queda bien y doy sensación de leído—,  en horario continuado de culto. No quedó constancia, nunca, de que nadie le echara de menos, ni siquiera el camarero que aún esperaba respuesta a su educado y moderno servicio de hostelería. Enric nunca salió de su propia caída; se quedó en ella para siempre, lamentándose, desdeñando cualquier solución a su pena, dilapidando con maneras de sesudo perdedor todas sus esperanzas, que no eran pocas, pero sí estaban —y eso quedó absolutamente claro— muy mal llevadas.





Más de cien motivos

16 02 2008

En la previa del mitin de Zapatero en Santander, me doy una vuelta por la web del PSOE, y leo que vamos a repartir, por toda España, una revista con los cien compromisos más importantes del Presidente, para la próxima legislatura. Me parece una buena idea lo de concentrar nuestra propuesta electoral, y hacérsela llegar en un formato atractivo a todo el mundo. La publicación se llama 100 motivos; inmediatamente me acuerdo de la canción de Sabina.

Tenemos memoria, tenemos amigos,
tenemos los trenes, la risa, los bares,
tenemos la duda y la fe, sumo y sigo,
tenemos moteles, garitos, alteres.

Tenemos urgencias, amores que matan,
tenemos silencio, tabaco, razones,
tenemos Venecia, tenemos Manhattan,
tenemos cenizas de revoluciones.

Mientras estaba cantando las dos primeras estrofas se ha descargado la revista; voy directo al apartado de jóvenes —todavía deformación profesional— y veo que hay dos propuestas concretas, a las que sumar las que aparecen en empleo, vivienda, educación o cultura:

Jóvenes

28. Extenderemos las ayudas de 1.600 euros para estudiar inglés en el extranjero para menores de 30 años.

29. Elaboraremos un Plan Estatal en colaboración con Ayuntamientos y Comunidades Autónomas para poner en marcha transporte público nocturno y en fines de semana.

Sonrío al comprobar que en Cantabria llevamos tiempo en la buena dirección: dos años dando becas para estudiar idiomas en el extranjero —cuatro, ya, ofreciendo la oportunidad a cientos de jóvenes de hacer un curso en el Reino Unido, Francia, Alemania, EE.UU, Malta…—; y podemos presumir de tener la mejor red de transporte público nocturno del país, para seguridad de los jóvenes y tranquilidad de sus familias.

Tenemos zapatos, orgullo, presente,
tenemos costumbres, pudores, jadeos,
tenemos la boca, tenemos los dientes,
saliva, cinismo, locura, deseo.

Tenemos el sexo y el rock y la droga,
los pies en el barrio, y el grito en el cielo,
tenemos Quintero, León y Quiroga,
y un bisnes pendiente con Pedro Botero.

Suelo estar de acuerdo con el maestro Joaquín en casi todo lo que dice en sus canciones; hay algunas como Y sin embargo y la que está sonando ahora —poniendo la banda sonora que necesitan mis palabras—, que son verdaderos himnos. Espero que mañana el maestro José Luis, que se ha ganado a pulso otros cuatro años de música y letra, me siga dando palabras, motivos, y hasta alguna mentira, que valgan la pena.

Más de cien palabras, más de cien motivos
para no cortarse de un tajo las venas,
más de cien pupilas donde vernos vivos,
más de cien mentiras que valen la pena.





Puntos, toros y medio pelo

15 02 2008

53.000 clientes, 2008 puntos extras, 29 de febrero, 100 puntos, 21 euros, 461 establecimientos, 20 euros, 1400 comercios adheridos, 100 millones de puntos, 52 localidades y 1 millón de euros. Confieso que me ha costado entender el galimatías —hay jeroglíficos más sencillos— del que se hace eco, hoy, uno de los periódicos regionales. La comunicación deber ser algo más que atrezzo y palabras de medio millón de dolares. Las ocurrencias pueden ocupar la agenda de un día, pero cuando se convierten en el leiv motiv de tu acción política quizá haya llegado el momento de parar a reflexionar sobre ello. 
He seguido leyendo el periódico, y he pensado que la comunicación también debe ser más que dar dos ruedas de prensa diarias —con actitud funcionarial— para ocupar espacio, con temas tan vitales para los ciudadanos como los huertos ecológicos, las ganaderías de la feria de santiago —con petición a José Tomás para que nos obsequie con una de sus corridas—, el circo chino, o los sempiternos parques y jardines (única competencia que ejerce, desde su elección, el Alcalde de la ciudad donde vivo). Me produce cierto desazón contemplar este panorama, en el que hay gente que piensa que vale todo con tal de ocupar media página de un periódico o un corte del informativo matutino de alguna radio. Da la impresión que se trata, simplemente, de posicionarse, rellenar, salir: verse.
El caso concreto del Alcalde de la ciudad donde vivo es para estudiar —y felicitar a sus responsables de comunicación; aparte de que algún medio le haga la ola—, porque no he visto nadie que salga tanto con tan poco. Es incapaz de tomar una sola decisión que influya, realmente, en la vida (mejorándola) de la gente de Santander, por falta de voluntad y de recursos, pero, por contra, se le da bien inundar los informativos y las páginas de los periódicos con sus palabras vacías y prefabricadas, y sus polémicas creadas para la ocasión. Es un ejemplo típico de esos medio pelo que, como explica el escritor argentino Arturo Jauretche, son aquellas personas que construyen su estatus en base a una ficción. Lo peor, es que las palabras que llenan este espacio en mi blog hablan de la cruda realidad.





Reconciliación

13 02 2008

Siempre he pensado que la tarea de reconciliarme con los Estados Unidos de América me iba a resultar muy complicada. Hay demasiados temas en el cajón del debe, que no voy a repasar ahora porque iría en contra de mi propia voluntad de perdón. Soy de los que aplaudí cuando Zapatero se quedó sentado al paso de la bandera de las barras y estrellas, pero, por ello, no dejo de entender que como país nos conviene tener unas relaciones fluidas con la, todavía, primera potencia mundial. Y no, sólo, a nivel político: necesidad de una buena interlocución entre la Casa Blanca y La Moncloa. Hablo, también, de mejorar las relaciones comerciales, sociales, culturales, académicas o personales. Nunca he ido a EE.UU. No es que no me llame la atención —todo lo contrario—; tampoco he cruzado demasiadas veces el charco, y cuando lo he hecho, el imán de La Habana no me ha dejado tomar otras decisiones. Pero, tengo decidido que este año voy a pisar suelo estadounidense. Le escribiré a Howard Dean, para ver si puedo ir de observador a la convención demócrata que se celebrará en Denver, del veinticinco al veintiocho de agosto. Lo malo es que me queda un poco lejos de Nueva York, una ciudad —la ciudad— en la que me da, ya, cierto coraje no haber estado.

En fin, que no sé si cuando haga mi primera incursión en el país de Elvis, Michael Jordan, Bogart… Obama será presidente o, todavía, estará a punto de serlo. Lo que tengo claro es que lo va a ser. Y lo mejor de todo es que Hillary y, sobre todo, Mc Cain, también son conscientes. La gran contribución de Clinton a su país, ha de ser dejar el paso libre al torrente de cambio que encarna Obama; no sé a qué espera la senadora demócrata para retirarse, reconociendo su abultada derrota, no tanto, por el momento, en delegados —sí en estados—, como en ilusión. La que ha generado Obama, no sólo en su país, si no en todo el mundo, no es comparable a nada que yo haya visto antes. Confieso que llevo unos días, por aquello de la diferencia horaria, despertándome en mitad de la noche para comprobar, en la pantalla de la blackberry —tan borrosa por el sueño como nítida por las concluyentes cifras—, las aplastantes victorias del senador demócrata. El Yes, we can! es el mejor invento de comunicación emocional  de los últimos años.

No sé a quién votarán los hermanos Coen, pero si tengo claro que yo les votaría para el Oscar —huelga de guionistas mediante, a los que traslado mi reconocimiento por su constancia— a la mejor dirección, y a la mejor película. Ni comento, por obvio, que Bardem se merece el premio al mejor actor de reparto —¿actor de reparto quien sostiene, de principio a final, la película?—; su interpretación es tan contagiosa que, en mitad de la proyección, estuve a punto de ajusticiar a un viejo que roncaba, a un volumen insoportable, dos asientos a la derecha del mío. La señora del durmiente impidió el homicidio, despertándolo con unos codazos dignos del mejor pressing catch. En fin, que si no es país para viejos, si lo va a ser, por fin, para un presidente negro. Y porque va a ganar Zapatero —la otra opción me da más miedo que Bardem—, pero no puedo dejar de imaginarme a Rajoy poniéndole a la firma al Presidente Obama, en su primera visita oficial a España, el contrato de integración, con el listado anexo de costumbres patrias a consagrar.





Los más bajos instintos

12 02 2008

Mariano está desatado. Ve más cerca que nunca la posibilidad de ganar las elecciones, y no va a dejar de hacer, ni de decir, nada que pueda ayudarle a conseguir ese objetivo. En realidad, visto así, parece lo lógico: que un candidato a Presidente de Gobierno haga todo lo que esté en su mano para lograr ser elegido. El problema viene al comprobar que no le importan, lo más mínimo, los daños colaterales que pueda producir —que ya está produciendo— su estrategia de alimentar el miedo a lo diferente. Sólo tiene una cosa en mente: conseguir el mayor número de votos posibles —vuelve a parecer lógico, ¿verdad?—, tanto de su electorado tradicional —que los tiene bastante asegurados haga lo que haga—, como de parte del granero de voto socialista: barrios desfavorecidos, clase trabajadora, determinada clase media… Ni Sarkozy ni Merkel: el modelo que defiende Rajoy es el de Le Pen; el mismo que llevó al fascista francés a disputarle la Presidencia de la República a Chirac en el año 2002, gracias al apoyo de los petit gens, de las clases populares. La ostentación de la bandera, la idea de España —una, grande y libre—, la puesta en valor de las costumbres españolas, el anticatalanismo, el antivasquismo, el dogmatismo en la política antiterrorista, la utilización de las víctimas, la complicidad con la jerarquía eclesiástica, la ofensiva contra las otras lenguas oficiales, la criminalización de la inmigración, el desprecio absoluto al importante papel que juegan los inmigrantes, la homofobia, la cárcel para los menores infractores… No es una estrategia novedosa, tiene copyright: está registrada a nombre de la extrema derecha. Lo nuevo es que el PP haya decidido quitarse la careta del todo. Y lo preocupante es que ese discurso encuentre buena acogida en una parte importante de la población de este país—lo que es un hecho comprobado; no hay más que estar en la calle—. Algo estamos haciendo mal. ¿En qué estábamos pensando? ¿Alguien dudaba que Rajoy iba a hacer todo lo posible por ganar las elecciones? O es que no hemos seguido su comportamiento durante toda la legislatura. Si pudieron acusar a Zapatero de ser cómplice de ETA… ¿Qué pensábamos que iban a dejar de hacer o de decir? Y…¿Qué va a ser lo próximo? Quizá decir que va a abrir un Guantánamo en España. Y lo que más me preocupa, en estos momentos: ¿Qué va a hacer el PSOE para contrarrestar esa, tan terrible como eficaz, estrategia? ¿Y para recuperar la iniciativa política? Mientras tanto, Rajoy ha conseguido el primer hito de su elaborada estrategia: los más bajos instintos están desatados. Y en la calle se propagan como el fuego. Y no sé si tenemos efectivos suficientes —ni razones convincentes— para hacer que los daños sean los menores posibles. Y no me refiero al resultado electoral. Que, al final, es lo menos importante.





Dos o tres pintas

9 02 2008

Hacía menos frío de lo que indicaba el calendario. La bufanda que hizo de dique ante el viento helado de primera hora de la mañana, no parecía tan útil en el tiempo en el que la tarde va cayendo. La tarde no cae sola, lo hace escoltada por los biorritmos de las personas que vagan, sin levantar la mirada del suelo, por las calles de la ciudad cada vez más adormecida. A esas horas, en que la oscuridad se va adueñando de todo —hasta de sí misma—, ya no conoces a nadie. No es hora de saludar, ni de pararte a hablar con ninguno de los abrigos que pasan a tu lado; ni, por supuesto, de comentar con el compañero de ascensor el tiempo que hace. Sólo buscas salir de la rutina, huir de las mismas caras, anhelar otros papeles: ser el actor protagonista de miradas perdidas que inventan vidas… Es hora, pues, de entrar en una taberna medio vacía —en la que el humo del tabaco es todavía ese delicado aroma que asume su condición de actor de reparto—, esperando no encontrar a nadie conocido; descansar un rato, con la única compañía de una cerveza que se deja beber tan fácil como desees; si acaso algún libro, o un periódico deportivo, o la televisión de fondo, sin volumen, o la música que suena distinta a la de tu casa, o la camarera que, sin ocultar su acento, te dice sonriendo que una pinta de Murphys son cuatro euros.

Pero, últimamente, siempre hay alguien conocido, y aún así te sientas en la barra —al descubierto—, porque has decidido que el fondo de la taberna está demasiado desguarnecido y hace algo de frío, y así también puedes ver quién entra y quién sale, si te apetece, y porque te da igual lo que piense la gente —lo cuál es todo un avance—. Bebes unos tragos de cerveza, piensas que está deliciosa, que es casi medicinal, y abres un libro —el que toque—. Te cuesta concentrarte, por el ruido que hacen las palabras cuando no se usan para hablar si no para imponerse, y porque notas un par de ojos que se clavan, de vez en cuando, en el metro cúbico que ocupas, y piensas que la próxima vez que lo hagan protestarás enérgicamente por la desagradable violación de tu intimidad personal.

No encuentras nada raro en tomar dos pintas, o tres, leer un poco, que te entre hambre, mirar a la gente que abre y cierra la puerta del local con indiferencia, e intercambiar algunas palabras —las suyas con acento, las tuyas también— con la camarera que, de tan delgada, parece que su pantalón tuviera sólo una pernera. Más raras son esas mesas, que son de cuatro pero las ocupan ocho —más los abrigos y las bufandas—, de las que sale humo, y no sólo de los cigarros, y en las que las palabras se atropellan unas a otras, y las personas hacen lo mismo, y no se entienden, porque no se escuchan, y no sale nada productivo, porque sólo se trata de pasar el rato —de perder el tiempo, sin duda—; para eso prefiero sentarme aquí en la barra, tomarme dos pintas, o tres, leer un poco, que me entre hambre, y mirar a la gente que abre y cierra la puerta del local con indiferencia. Decirle a la camarera de la sonrisa con acento, y la pernera solitaria de un pantalón Lee, que si, por favor, me pone otra —señalando la jarra vacía—, y pensar que debería ir a comer algo, antes de que la cerveza termine adueñándose de todas las células de mi cuerpo.