Daniel terminó el café y encendió otro cigarro. Le molestaba tener que esperar. Y no era porque el resto de la gente que había en el bar pudiera pensar que había ido sólo —para evitar esa deshonrosa percepción, es suficiente con mirar el reloj quince veces por minuto, resoplar ladeando, a la vez, la cabeza, y clavar los ojos en la puerta del local—, si no porque creía que esos minutos que habían pasado, desde la hora acordada, nunca iban a volver: no podría disfrutarlos en otra ocasión. O, por lo menos, no de esa manera inteligente de disfrutar de las cosas: con tranquilidad. Estaba algo nervioso, por la espera y por lo que pudiera pasar al terminar la espera; recordaba otros momentos así, parecidos, aunque nunca iguales —no nos suceden cosas repetidas: siempre ocurre algo que se encarga de romper la simetría—. El dueño del local —el típico dueño de local, de unos cuarenta y tantos años, que decide abrirlo para convencerse a sí mismo, y a los demás, de que sigue estando vivo, de su capacidad para crear tendencia, para gustar a las chicas jóvenes que entran en su bar simplemente para tomarse una cerveza y charlar, mientras él, patético, las mira como diciendo: aquí estoy chicas, soy el que pongo las mejores copas, tengo la sonrisa más bonita de la hostelería…—, que entendía algo de Jazz, había puesto un disco con los éxitos de Cole Porter, a los que ponían voz, entre otros, Amstrong, Aretha Frankling y Billie Holiday, creando así una atmósfera colectiva mucho más confortable que la suma de todas las atmósferas individuales allí presentes. El local no estaba, todavía, demasiado concurrido; Daniel echó un vistazo tratando de reconocer alguna cara, y respiró aliviado cuando comprobó que no había nadie que hubiera visto antes.
De pronto, cuando ya había conseguido relajarse y pensar en otra cosa, la puerta del bar —ya desgastada por la erosión de su mirada— se abrió con fuerza y apareció, deslumbrante y segura, Sofía. Daniel se levantó sonriendo y la miró de arriba a abajo y de izquierda a derecha. Llevaba un abrigo largo de piel vuelta, de esos que puedes meter en la lavadora sin miedo a que se estropeen, unas botas negras que le llegaban justo por encima de las rodillas, y una bufanda que le cubría el cuello, el mentón y parte de la boca. Mientras se acercaba hasta la mesa, en la que ahora había dos sillas vacías, pudo advertir que estaba intacta: todo en su sitio —incluso más guapa—; en el intervalo entre que se abrió la puerta y que sus labios se posaron, pulcros y nerviosos, en la mejilla derecha de Sofía, tuvo tiempo de dibujarla con los restos de carboncillo que dejó el último artista conocido; garabatear cinco desgarrados poemas en los que su nombre aparecía escrito en cursiva, para hacer ver al resto del mundo lo bien y lo mucho que la conocía (que casi era suya, en realidad); organizar tres viajes de esos que, desde el principio, han estado en el capítulo de pendientes; o cocinar para ella un plato de tagliatelle con bacon, tomate y algo de picante. Le dio tiempo, incluso, a follar con ella, nuevamente, casi sin quitarse la ropa, a gritar alguna palabra perdida, sudar con cada movimiento, y reposar la cabeza sobre su vientre.
Cuando se quiso dar cuenta y volvió a la realidad del bar, Sofía ya se había quitado el abrigo y estaba sentada en la silla de enfrente a la que, hasta hace unos segundos, ocupaba Daniel; dándole la espalda a la puerta por donde había realizado su entrada triunfal al local. Él seguía de pie sin saber muy bien que estaba haciendo, pero consciente de que tan sólo debía agarrar el respaldo de la silla y arrastrarla hasta dejar un hueco suficiente para introducir su cuerpo con cuidado, doblando las piernas —a la altura de las rodillas; es evidente— y caer desde una altura de cinco centímetros para no hacer demasiado ruido en la colisión con la madera. Lo hizo, aunque tuvo que desandar el camino de inmediato, porque Sofía quería tomarse un café como el que, justo veinticinco minutos antes, colmaba la taza que permanecía, ahora vacía, en el lado de la mesa que ocupaba Daniel, y el dueño del local —que acababa de cambiar el disco de grandes éxitos de Cole Porter por el Let´s get it on, de Marvin Gaye… (Decisión que provocó cierto desconcierto entre la audiencia del local)— le hizo ver, con un gesto sobrio desde detrás de la barra, que no servían en la mesa. Volvió con el café y esperó que ella diese el primer sorbo para soltar lo primero que se le vino a la cabeza. (Daniel me ha pedido que os mienta, pero no soy capaz. Así que os diré que había escrito, corregido y ensayado cada palabra que iba a decirle a Sofía no menos de ciento cincuenta y siete veces; también la forma de expresarse, los silencios, las miradas perdidas, y alguna duda medio forzada; todo para que no se notase demasiado que no había dejado un solo hueco a la improvisación).
—Se te ve muy bien. ¿Estás bien, no?
—Sí, bueno. Se puede decir que estoy bien.
—Me alegro, tenía ganas de verte.
—Yo también, aunque me sorprendió tu llamada.
Daniel sabía que me sorprendió tu llamada iba a ser una de las primeras frases que pronunciasen los labios de Sofía. Había hecho una lista de posibles frases y esa salía en todas, en puestos muy relevantes. Estaba preparado para todo, también para eso. Cómo no iba a estarlo, si a el también le cogió de sorpresa encontrarse una tarde marcando la, sencilla y fácil de recordar, relación de nueve números que tuvieron la impagable virtud de, tras tres señales de llamada interminables, provocar el “Sí, ¿quién es?… Hola Daniel” más estremecedor que había escuchado nunca.
—Encontré tu teléfono revisando unos cuadernos antiguos y pensé en llamarte. ¿Te parece que hice mal? —su primera mentira y la primera pregunta equivocada.
—No, si me hubiera parecido que hiciste mal no estaría hoy aquí. Sólo he dicho que me sorprendió tu llamada —dijo ella con gesto contrariado.
—Tienes razón. Pensé que, después de tanto tiempo, estaría bien vernos un rato. No sé, ponernos al día, recordar viejos tiempos…
—Espero que sea eso, y no me hayas llamado para ver si la vida me va peor que cuando estaba contigo, si estoy sola, si lloro por las noches, si me acuerdo de ti cuando escucho alguna de las horribles canciones de los aún más horribles discos que te dejaste olvidados el día que te fuiste, y que para tu conocimiento tiré a la basura al día siguiente, o si mi pareja —porque tiene pareja— lo hace mejor que tú en la cama. Espero que no me hayas llamado —repitió pero ahora con un tono burlesco— para satisfacer ese idiotizante orgullo masculino que siempre aparece antes, después, y durante las relaciones más o menos serias que decís que tenéis en algún momento de vuestra vida. Espero que no me hayas llamado…
En ese momento, Daniel se dio cuenta de que todo el concienzudo y creativo trabajo preparatorio de la cita con Sofía hacía aguas por todos los costados. No sabía por donde salir, estaba perdido, humillado por el espejo que ella acababa de poner justo enfrente suyo, a un lado de la mesa, y que ninguno de los otros clientes del bar podía ver. Respiró hondo, la miró y, de repente, sin saber por qué, se echó a reír: con una risa nerviosa tan molesta como innecesaria; un sonido —de esos que se representan utilizando sólo una vocal, concretamente la i— muy parecido a los gritos de un chimpancé a primera hora de la mañana, cuando todavía no sufren el cansancio del día, cuando están llenos de energía. Pues era esa sonido, y era también demasiado alto, y estridente, y…
—Se puede saber de qué te ríes —le soltó ella casi gritando y con el rostro temblando por el principio de un ataque de furia.
—Es que… Perdona, ya verás… No te lo vas a creer… Me vas a tener que disculpar… Ha habido un error… Quiero decir que me he equivocado… Vas a pensar que soy… Un desastre, lo siento… —dispuesto a culminar con matrícula de honor la humillación que comenzó en el mismo momento en que marcó esa, sencilla y fácil de recordar, relación de nueve números…, balbuceó sin aparente rubor— Me he confundido de Sofía.
Y cuando iba por la i con tilde del nombre maldito, empezó a arrastrar la silla hacia atrás para dejar el hueco suficiente que le permitiera sacar su cuerpo y separarlo de la madera, y de todo el bar en su conjunto, y de los cafés que sólo te sirven en la barra, y de los teléfonos que responden Hola Daniel, y de las citas preparadas con trabajada antelación, y de los recuerdos de los viejos tiempos, y de las ex novias que visten abrigos largos de piel vuelta, y del idiotizante orgullo masculino que impide ver más allá de la entrepierna y sus querencias más disparatadas.