Audacia

30 01 2008

   Le comentaba esta mañana a Juan Carlos —mientras tomábamos un café en el Suizo y repásabamos, de manera atropellada, las últimas cosas (muchas) que teníamos que contarnos— que la palabra audacia se está empezando a utilizar, felizmente, tanto en el ámbito político como en el económico…La última vez, se la he escuchado —leído— a Ted Kennedy en el discurso con el que escenificó su apoyo a Barack Obama, del que publica hoy un extracto El País. La intervención del mayor de los Kennedy es emocionante, incluso para alguien que no sea norteamericano. Aportaciones como las del senador de Massachusetts me recuerdan la importancia de las palabras, de los gestos, y de las emociones en el ejercicio de la política.
   Pero volvamos a la audacia. La demostrada por Obama —reconocida por todos los analistas, incluso los más reacios a la victoria del candidato demócrata— en esta aventura que le puede llevar, con el apoyo de la gente sencilla, a la Casa Blanca. La necesaria en un mundo en el que, habitualmente, se ejerce excesivo control sobre la creatividad, y en el que, paradógicamente, hay más miedo a los cambios que al inmovilismo. Por suerte, nos queda la esperanza de que las elecciones, en cualquier país, las ganen políticos como Obama (o como Zapatero); con capacidad y decisión para enfrentarse —y ganar— al irremediable establishment. Audacía, osadía, atrevimiento, resolución y valentía deberían ocupar un puesto fijo en los órganos de dirección de instituciones y empresas, expulsando, con firmeza, de la sala de reuniones a vamos a darle una vueltaahora no es el momento, quizá no nos convenga, no sé si lo entenderán nuestros votantes, a ver qué dice el periódico, o, la mítica y siempre recordada, eso no se puede hacer.
   En fin, que Juan Carlos y yo terminamos el café, y una botella de agua fría sin gas, y nos fuimos a Gil donde, como siempre, acabamos comprando algún libro. Nos obsequiamos con Atrapados en el hielo, de Caroline Alexander (él a mí), y Notas de verano sobre ficciones del invierno, de Alberto Santamaría (yo a él). Además, no pude evitar hacerme, por fin, con Los ensayos de Montaigne (edición de 1595 de Marie de Gournay), publicado con mimo por Acantilado.
   Ahora, espero noticias convencido de que la audacia es contagiosa y quién mejor que él para hacer, en este caso y en muchos otros, de agente catalizador.





Con tilde en la i

28 01 2008

Daniel terminó el café y encendió otro cigarro. Le molestaba tener que esperar. Y no era porque el resto de la gente que había en el bar pudiera pensar que había ido sólo —para evitar esa deshonrosa percepción, es suficiente con mirar el reloj quince veces por minuto, resoplar ladeando, a la vez, la cabeza, y clavar los ojos en la puerta del local—, si no porque creía que esos minutos que habían pasado, desde la hora acordada, nunca iban a volver: no podría disfrutarlos en otra ocasión. O, por lo menos, no de esa manera inteligente de disfrutar de las cosas: con tranquilidad. Estaba algo nervioso, por la espera y por lo que pudiera pasar al terminar la espera; recordaba otros momentos así, parecidos, aunque nunca iguales —no nos suceden cosas repetidas: siempre ocurre algo que se encarga de romper la simetría—. El dueño del local —el típico dueño de local, de unos cuarenta y tantos años, que decide abrirlo para convencerse a sí mismo, y a los demás, de que sigue estando vivo, de su capacidad para crear tendencia, para gustar a las chicas jóvenes que entran en su bar simplemente para tomarse una cerveza y charlar, mientras él, patético, las mira como diciendo: aquí estoy chicas, soy el que pongo las mejores copas, tengo la sonrisa más bonita de la hostelería…—, que entendía algo de Jazz, había puesto un disco con los éxitos de Cole Porter, a los que ponían voz, entre otros, Amstrong, Aretha Frankling y Billie Holiday, creando así una atmósfera colectiva mucho más confortable que la suma de todas las atmósferas individuales allí presentes. El local no estaba, todavía, demasiado concurrido; Daniel echó un vistazo tratando de reconocer alguna cara, y respiró aliviado cuando comprobó que no había nadie que hubiera visto antes.

De pronto, cuando ya había conseguido relajarse y pensar en otra cosa, la puerta del bar —ya desgastada por la erosión de su mirada— se abrió con fuerza y apareció, deslumbrante y segura, Sofía. Daniel se levantó sonriendo y la miró de arriba a abajo y de izquierda a derecha. Llevaba un abrigo largo de piel vuelta, de esos que puedes meter en la lavadora sin miedo a que se estropeen, unas botas negras que le llegaban justo por encima de las rodillas, y una bufanda que le cubría el cuello, el mentón y parte de la boca.  Mientras se acercaba hasta la mesa, en la que ahora había dos sillas vacías, pudo advertir que estaba intacta: todo en su sitio —incluso más guapa—; en el intervalo entre que se abrió la puerta y que sus labios se posaron, pulcros y nerviosos, en la mejilla derecha de Sofía, tuvo tiempo de dibujarla con los restos de carboncillo que dejó el último artista conocido; garabatear cinco desgarrados poemas en los que su nombre aparecía escrito en cursiva, para hacer ver al resto del mundo lo bien y lo mucho que la conocía (que casi era suya, en realidad); organizar tres viajes de esos que, desde el principio, han estado en el capítulo de pendientes; o cocinar para ella un plato de tagliatelle con bacon, tomate y algo de picante. Le dio tiempo, incluso, a follar con ella, nuevamente, casi sin quitarse la ropa, a gritar alguna palabra perdida, sudar con cada movimiento, y reposar la cabeza sobre su vientre.

Cuando se quiso dar cuenta y volvió a la realidad del bar, Sofía ya se había quitado el abrigo y estaba sentada en la silla de enfrente a la que, hasta hace unos segundos, ocupaba Daniel; dándole la espalda a la puerta por donde había realizado su entrada triunfal al local. Él seguía de pie sin saber muy bien que estaba haciendo, pero consciente de que tan sólo debía agarrar el respaldo de la silla y arrastrarla hasta dejar un hueco suficiente para introducir su cuerpo con cuidado, doblando las piernas —a la altura de las rodillas; es evidente— y caer desde una altura de cinco centímetros para no hacer demasiado ruido en la colisión con la madera. Lo hizo, aunque tuvo que desandar el camino de inmediato, porque Sofía quería tomarse un café como el que, justo veinticinco minutos antes, colmaba la taza que permanecía, ahora vacía, en el lado de la mesa que ocupaba Daniel, y el dueño del local —que acababa de cambiar el disco de grandes éxitos de Cole Porter por el Let´s get it on, de Marvin Gaye… (Decisión que provocó cierto desconcierto entre la audiencia del local)— le hizo ver, con un gesto sobrio desde detrás de la barra, que no servían en la mesa. Volvió con el café y esperó que ella diese el primer sorbo para soltar lo primero que se le vino a la cabeza. (Daniel me ha pedido que os mienta, pero no soy capaz. Así que os diré que había escrito, corregido y ensayado cada palabra que iba a decirle a Sofía no menos de ciento cincuenta y siete veces; también la forma de expresarse, los silencios, las miradas perdidas, y alguna duda medio forzada; todo para que no se notase demasiado que no había dejado un solo hueco a la improvisación).

—Se te ve muy bien. ¿Estás bien, no?
—Sí, bueno. Se puede decir que estoy bien.
—Me alegro, tenía ganas de verte.
­—Yo también, aunque me sorprendió tu llamada.
Daniel sabía que me sorprendió tu llamada iba a ser una de las primeras frases que pronunciasen los labios de Sofía. Había hecho una lista de posibles frases y esa salía en todas, en puestos muy relevantes. Estaba preparado para todo, también para eso. Cómo no iba a estarlo, si a el también le cogió de sorpresa encontrarse una tarde marcando la, sencilla y fácil de recordar, relación de nueve números que tuvieron la impagable virtud de, tras tres señales de llamada interminables, provocar el “Sí, ¿quién es?… Hola Daniel” más estremecedor que había escuchado nunca.

—Encontré tu teléfono revisando unos cuadernos antiguos y pensé en llamarte. ¿Te parece que hice mal? —su primera mentira y la primera pregunta equivocada.
—No, si me hubiera parecido que hiciste mal no estaría hoy aquí. Sólo he dicho que me sorprendió tu llamada —dijo ella con gesto contrariado.
—Tienes razón. Pensé que, después de tanto tiempo, estaría bien vernos un rato. No sé, ponernos al día, recordar viejos tiempos…
—Espero que sea eso, y no me hayas llamado para ver si la vida me va peor que cuando estaba contigo, si estoy sola, si lloro por las noches, si me acuerdo de ti cuando escucho alguna de las horribles canciones de los aún más horribles discos que te dejaste olvidados el día que te fuiste, y que para tu conocimiento tiré a la basura al día siguiente, o si mi pareja —porque tiene pareja— lo hace mejor que tú en la cama. Espero que no me hayas llamado —repitió pero ahora con un tono burlesco— para satisfacer ese idiotizante orgullo masculino que siempre aparece antes, después, y durante las relaciones más o menos serias que decís que tenéis en algún momento de vuestra vida. Espero que no me hayas llamado…

En ese momento, Daniel se dio cuenta de que todo el concienzudo y creativo trabajo preparatorio de la cita con Sofía hacía aguas por todos los costados. No sabía por donde salir, estaba perdido, humillado por el espejo que ella acababa de poner justo enfrente suyo, a un lado de la mesa, y que ninguno de los otros clientes del bar podía ver. Respiró hondo, la miró y, de repente, sin saber por qué, se echó a reír: con una risa nerviosa tan molesta como innecesaria; un sonido —de esos que se representan utilizando sólo una vocal, concretamente la i— muy parecido a los gritos de un chimpancé a primera hora de la mañana, cuando todavía no sufren el cansancio del día, cuando están llenos de energía. Pues era esa sonido, y era también demasiado alto, y estridente, y…
—Se puede saber de qué te ríes —le soltó ella casi gritando y con el rostro temblando por el principio de un ataque de furia.
—Es que… Perdona, ya verás… No te lo vas a creer… Me vas a tener que disculpar… Ha habido un error… Quiero decir que me he equivocado… Vas a pensar que soy… Un desastre, lo siento… —dispuesto a culminar con matrícula de honor la humillación que comenzó en el mismo momento en que marcó esa, sencilla y fácil de recordar, relación de nueve números…, balbuceó sin aparente rubor— Me he confundido de Sofía.

Y cuando iba por la i con tilde del nombre maldito, empezó a arrastrar la silla hacia atrás para dejar el hueco suficiente que le permitiera sacar su cuerpo y separarlo de la madera, y de todo el bar en su conjunto, y de los cafés que sólo te sirven en la barra, y de los teléfonos que responden Hola Daniel, y de las citas preparadas con trabajada antelación, y de los recuerdos de los viejos tiempos, y de las ex novias que visten abrigos largos de piel vuelta, y del idiotizante orgullo masculino que impide ver más allá de la entrepierna y sus querencias más disparatadas.





Lasalle y las palabras de cincuenta euros

25 01 2008

Lo reconozco: soy uno de los ocho despistados —incluyo aquí al autor y, supongo, al jefe de cierre del rotativo— que han leído, con cierta atención, el astronómico ejercicio intelectual (hecho tribuna libre) del diputado popular José María Lasalle, que ha sido publicado hoy en un periódico de tirada regional. Aparte de la escasa consistencia —la realidad se puede manipular, pero sigue siendo la realidad— de lo que podríamos llamar idea central del artículo: negación de cualquier bondad, por mínima que sea, del Gobierno de Zapatero y del PSOE actual, y anuncio de los peores y más terribles augurios para España, si volviese a ganar las elecciones el partido socialista…, es destacable la inclusión —con el objetivo de convencernos de su estratósferica formación y brillante capacidad para la oratoria y el discurso político— de unas cuantas palabras de cincuenta euros (antes eran de veinte duros, pero con la inflación ya se sabe). He elegido las que más me han impresionado: inane, corifeos, anatemizar, adánica, oprobiosa y fratría. (Te confieso, José María, que me he sentido pequeño, casi minúsculo, al lado de tu verbo; he dudado en seguir escribiendo, pero me he armado de valor —inyectándome autoestima en vena— y he podido encontrar las fuerzas para continuar).
Me resulta complicado entender cómo encaja definirse, hasta la saciedad, como liberal —y poco menos que discípulo (virtual, me imagino) de Locke— con la militancia activa en un partido que apuesta, sin rubor, por la confusión de Estado e Iglesia, y que, últimamente, cuando ha habido que posicionarse siempre lo ha hecho del lado de los cardenales y los obispos, y no de las Leyes aprobadas por el poder legislativo.
No sé si es que estoy sensible después de haber leído Los Girasoles Ciegos, pero me ha ofendido, especialmente, una de las perlas del magno texto del diputado: ”…aquella oprobiosa dictadura franquista que toda la sociedad española sufrió por igual“. Supongo que no hace falta añadir nada y supongo, también, que no era tan innecesaria la Ley de la Memoria Histórica, cuando parece que se ha olvidado hasta lo más elemental.
Aún así, le reconozco alguna virtud al texto: la de calificar al Partido Popular como derrotado y vencido en el 14M; aunque sea ya al final de la legislatura no está de más reconocer el resultado de las elecciones. Seguramente, el trío Aznaracebeszaplana no sea de la misma opinión. Si el Partido Popular y su coro mediático hubieran hecho eso, el mismo 14M o al día siguiente, esta legislatura hubiera sido mucho más sana y productiva, y la crispación, a la que se refiere Lasalle en su artículo, sería tan sólo una palabra aguda y de tres sílabas. Pero la crispación, por desgracia, es, sobre todo, ese fenómeno que se produce sólo cuando el Partido Popular está en la oposición.
En fin, que uno espera más de quien dicen que le escribe los discursos a Mariano Rajoy…  (¿Que uno espera más de quien dicen que le escribe los discursos a Mariano Rajoy?).
En fin, que no sé cómo le aguantas Meritxel.





No todas las palabras son balas de justicia

24 01 2008

—Para mí una cerveza fría, y ella tomará una coca-cola light —dijo al llegar cerca de la barra, con un gesto tan contrariado que podía adivinarse desde el otro lado del bar.
El camarero dudó en preguntarle acerca del tipo de cerveza que prefería, pero, al ver que la conversación entre ambos se encendía por momentos, decidió ponerle una Heineken aún sabiendo que, siendo la más ofrecida, es la que más rechazo provoca entre los buenos bebedores. Quizá pensó que no tenía pinta de buen bebedor, o quizá no pensó nada e hizo lo más sencillo, que es lo que hace todo el mundo, y no les va ni tan mal.
—Nunca imaginé que podías ser capaz de llegar a esto —le soltó mirándola con cierto desprecio, justo después de tragar los primeros decilitros del líquido espumoso, que de frío le hizo daño en los dientes; aunque no tanto como sus propias palabras—. No creo que logre recuperarme de esta nueva decepción.
—No sé de que me hablas —le contestó ella, sin levantar la mirada de los cordones de sus botas marrones.
Cualquiera que entrase al bar podía darse cuenta, sin investigar demasiado, que entre los dos estaba pasando algo terrible, porque si, como dicen, la cara es el espejo del alma, sus almas estaban completamente destrozadas. Largos silencios, preguntas sin respuesta, miradas que se pierden antes de llegar a su objetivo, reproches sobrevenidos, algún que otro insulto, palabras entrecortadas por espejismos de contención de última hora… Nadie está libre de padecer un momento de esos —de hecho hay bastante gente, mucha, demasiada, predispuesta psicológica y socialmente, como animada por las circunstancias y los silencios cómplices— en su vida. Es un peligro porque nunca sabes donde ni cuando, ni cómo, va a terminar. La escalada es terrible: como esa bola de nieve que nace en medio de la pendiente de una montaña más alta que tu orgullo, y que va recogiendo materia prima y haciéndose más grande, y más poderosa, y más fiera, y más inconsciente, y se lleva todo por delante sin preguntar siquiera si era necesario hacerlo.
—¿Creías que no iba a enterarme? Dime la verdad, ¿lo creías? —le insistía en un modo violento que hacía desagradable hasta la pronunciación de algunas palabras que, en otro momento y tocadas por las manos mágicas de los poetas, nos podrían hacer las personas más felices de la tierra.
—Lo siento —masculló, y lo hizo tan bajo que ni sus molares inferiores se dieron cuenta de lo que decía—. Lo siento, cariño, perdóname, lo siento, tienes razón. He sido una maldita zorra. Lo reconozco.
—No te he escuchado bien, repítelo.
—He dicho lo siento. ¡Que lo siento! Que soy una zorra ¿Qué más quieres que diga?
—Está bien, está bien, no quiero que digas nada más, amor, de verdad: para mí es suficiente.
Él tampoco dijo nada más. Ni siquiera cuando el camarero le reprochó, sin demasiada energía, que devolviese a la fuente —en la que aún quedaba más de media tortilla poco hecha— aquél cuchillo manchado de sangre, no demasiado afilado como utensilio de cocina, pero sí eficaz instrumento de muerte si penetra varias veces seguidas en cuerpo ajeno, sin haber acondicionado antes un espacio para su cobijo. De improvisto. Cuando uno cree que ya ha expiado su culpa. Cuando piensa que ha convencido al jurado. Cuando se somete a un juicio que no respeta las reglas del juego, ni siquiera las reglas del amor, que, al igual que las palabras, pueden servir para matar y para querer a la vez; y por ello les he perdido todo el respeto, y he dejado de venerarlas, y ahora ya no hablo, si no que vomito, y no limpio los restos, porque ni siquiera sé si merece la pena.





Desayuno con mejillas

23 01 2008

A Truman Capote por dejar que Henry Mancini imaginase
Moon River en el pentagrama de los labios de Audrey

OTRA vez se había levantado demasiado tarde. El despertador sonó como siempre a las siete, pero la vuelta de rigor apurando los últimos y placenteros minutos de sueño se convirtió en que, en la siguiente ocasión que abrió los ojos, el reloj-despertador marcaba las ocho y diez. De un salto —es un decir— se incorporó a la vida real, abrió el grifo del agua caliente del lavabo, la dejó salir un rato para que hiciese honor a su apellido, se embadurnó la cara con crema de afeitar y se miró, por primera vez, en el espejo. No vio nada extraño así que, una vez hecha la innecesaria comprobación, continuó con su higiénica rutina. Ya tocaba cambiar de cuchilla —rascaba un poco— pero no encontró en los cajones el alivio que necesitaba su castigada piel. Se quitó el pijama gris y se metió en la ducha, de la que salió en dos minutos porque no estaba la cosa como para recrearse. Un poco de crema por todo el cuerpo, afición que había adquirido hacía poco y que le reportaba bastante satisfacción, calcetines, calzoncillo, pantalones, cinturón, camisa, chaqueta, la cartera escondida, y abrigo. Salió a la calle sin desayunar, algo que ocurría a menudo, y cuando era así el frío se le metía por el cuerpo, y se refugiaba en el estómago desprotegido y vacío, donde se quedaba hasta que era expulsado por una salvadora taza de café de cualquier bar de camino al trabajo. Esta vez paró en el primero que vio abierto, en la acera izquierda, por donde va siempre (no hay que descartar que sea por una cuestión ideológica). Entró en ese bar porque no había demasiada gente y pensó que quizá todavía no estaría demasiado ocupado por el humo de los fumadores empedernidos que encienden cigarros antes y después del café, y antes y después de todo. Pidió un cortado y un pincho de tortilla francesa, jamón y queso, que tenía buena pinta a pesar de que el pan de molde estaba demasiado tostado, por no decir casi quemado. Por hacer algo, cogió un periódico deportivo —el único que estaba libre— y lo hojeó sin demasiado interés, mientras le daba el primer sorbo al café reparador. Engullió de un bocado el pincho que, definitivamente, estaba quemado, y buscó con la mirada al camarero para preguntar por lo que se debía. No lo encontró detrás de la barra, tampoco fuera de ella, pero sí más allá de la puerta del bar, donde había salido para saludar a una chica, con la que, justo en ese momento, entraba en el local hablando como lo hacen dos personas que se conocen, preguntándose por sus cosas, interesándose por sus respectivas vidas; lo típico de alguien que se encuentra con un conocido al que hace un tiempo que no ve. Miró al camarero, que volvía a su sitio dentro de la barra, antes de mirarla por primera vez a ella. Ese tiempo de demora resultó ser el feliz causante de que, en el instante en que pudo ver su rostro, tuviera ya las deliciosas marcas del contraste del frío y el calor: sus mejillas estaban coloreadas de un rojo tan suave como sugerente, y dulce, y casi infantil —de cuento—; lo que las hacía parecer, y seguro ser, más carnosas, suaves y confortables para sus manos (no pensó, de ninguna manera, que también lo serían para otras manos distintas a las suyas). La miró varias veces, deteniéndose en cada detalle —era casi tan bonita como sus colores—, mientras ella hablaba con el camarero sabiendo, porque esas cosas se saben, que podía contar hasta cuatro y esos eran los ojos que estaban posados en sus palabras, y en su boca, y en su forzada sonrisa, que, de dormida, resultaba incluso más necesaria. Maldijo haber terminado tan pronto el café, y el pincho quemado, y la prisa que tenía, y su propia incapacidad para hacer otra cosa que salir por la puerta de ese bar con la única novedad en su vida de haberse fijado en unas mejillas, únicas y definitivas, que podrían generar más energía —de la buena: la que mueve el mundo— que todas las centrales nucleares de este mundo juntas.





No es lo mismo

22 01 2008

   Leo en la web del grupo de clase creativa, liderado por Richard Florida, el anuncio de que la publicación del nuevo libro del gurú americano ya es inminente (saldrá en EE.UU. el próximo 10 de marzo). Bajo el título de Who´s your city?, su último trabajo trata de cómo la economía creativa hace que la decisión más importante de tu vida sea resolver la duda sobre el lugar donde vas a vivir.
   El creador de la Teoría de la Clase Creativa deconstruye algunas de las verdades de la era de la globalización, como la referida a que el lugar donde uno vive no tiene importancia. Fenómenos positivos como el teletrabajo o las teorías de que la tierra es plana —la bolsa sí que es plana— de Friedman han contribuido a la extensión de esa idea. Dice el profesor Florida que esto es un error. Que el lugar no sólo es importante, si no que ahora es más importante que nunca.
   Recuerda, una vez más, que el mundo es puntiagudo y pone de manifiesto que el lugar está empezando a ser cada vez más relevante para la economía global y nuestras vidas individuales. Explica, también, que la elección del sitio donde vivimos no debe ser arbitraria, si no que es la decisión más importante que tenemos que tomar —tanto como decidir nuestra carrera profesional o nuestra pareja—. El gurú de la nueva economía sostiene que el lugar donde desarrollamos nuestra vida ejerce una poderosa influencia sobre nuestra carrera profesional y sobre nuestra capacidad de ser felices y tener una vida satisfactoria.
   El libro ofrece el primer ranking de las mejores ciudades para vivir y trabajar, en función de cada etapa de la vida y de la situación personal en la que cada uno se encuentra. Da nuevas ideas y datos para orientar a esos más de cuarenta millones de americanos que cada año buscan un lugar donde vivir, y la importancia que tiene esa decisión, según Florida, para su felicidad y la de las comunidades a las que pertenecen.
   Estoy totalmente de acuerdo con la idea general que traza el profesor Florida en su nuevo libro, y, por ello, me considero un gran incoherente personal: es evidente que Santander debe estar en los últimos puestos de cualquier clasificación de ciudades creativas, donde encontrar satisfacción a tus anhelos profesionales y personales. La motivación —para luchar contra mi propia incoherencia— la encuentro en ser absolutamente consciente de que todo puede cambiar —y va a cambiar—, y, sobre todo, en creer que la vida, por suerte, tiene más de poesía que de prosa; por lo que unas cosas compensan a las otras…Y aunque la ciudad en donde vives se caiga a cachos —y no me refiero sólo a los edificios— siempre te queda un refugio donde poder desarrollar tu proyecto vital: nada más y nada menos que ser feliz y vivir tranquilo sin hacer daño a nadie.
   En fin, que he mandando un correo a la dirección que indican en la web a ver si me mandan una copia del libro antes de que se publique. Eso sí que sería creativo.





Para Elena

19 01 2008

Como sé que eres lectora asidua de mi blog (?), y teniendo en cuenta que ya has empezado la campaña —ayer la cena del PSOE y hoy la visita a Cabezón de la Sal—, permíteme que comparta contigo algunas reflexiones —que seguro ya has debatido o escuchado antes—, que, en mi opinión, son importantes para que las cosas vayan lo mejor posible en las Elecciones del próximo 9M:

1.- Necesitamos movilizar al electorado socialista de toda la vida, incluidos los que el 27M se fueron con el PRC, así como incorporar a nuevos votantes —jóvenes—, abstencionistas y parte del voto fiel del PRC en las autonómicas. Con los primeros, lo que mejor funciona es poner en valor la marca PSOE, con las menores interferencias personales posibles: el recuerdo de voto y, sobre todo, de tiempos mejores; los jóvenes demandan otro tipo de campaña —en la red, sobre todo— más allá de las típicas visitas a los mercados; los abstencionistas menos ideologizados van a seguir con el mismo comportamiento electoral, salvo que tengamos algún conejo dentro de la chistera —con los ideologizados sí que funciona lo de confrontar con la derecha—; y, por último, podemos tener alguna oportunidad de incorporar voto fiel del PRC en las autonómicas, que suele votar PP, pero que, después de 5 años de coalición, podría cambiar su voto: para ello, por una vez y sin que sirva de precedente, es bueno que Revilla siga hablando (de las bondades del Gobierno de ZP).
2.- No debemos introducir elementos de crispación en la campaña, que la legislatura ha sido muy dura y hemos sobrepasado, con creces, el límite de la paciencia ciudadana; sería bueno, por tanto, olvidarse de la descalificación fácil de Sieso y cía, y hablar más de lo que vamos a hacer —sobre todo de eso—, porque no nos podemos olvidar de que la gente vota por expectativas. La gestión del Gobierno del PSOE en Cantabria ya está amortizada —repetirla hasta la saciedad no aporta más que cansancio propio y ajeno—. Ahora toca ofrecer nuevos proyectos e ideas para la próxima legislatura.
3.- Intenta ser cercana. Sé que te va a costar al principio —por tu forma de ser y porque es un lugar nuevo—, pero es muy importante. La cercanía es un valor del socialismo. Un valor enfrentado al populismo barato —reprochable por ser contrario a la ética política—, ante el que hemos perdido, en parte, la batalla, porque no hemos sido capaces de ser cercanos a nuestra manera.
4.- Lanza pocos mensajes —que los puedas contar con los dedos de una mano— y que sean claros. Mensajes fáciles de entender, memorizar y transmitir, para que la gente sea capaz de repetir lo que te ha escuchado en televisión o en la radio. Es la mejor manera de tener la mayor cobertura ciudadana posible. Si puedes contar historias mejor, y más si es de personas con nombres y apellidos. Trata de emocionar con tus palabras.
5.- Procura no exagerar. Decir que “Pizarro es un tiburón y Solbes un mago económico” sólo provoca sonrojo entre cualquier persona con un mínimo de criterio. Huye de la suma indiscriminada de adjetivos calificativos —a la que son tan aficionados Diego, Buruaga y cía— y de las palabras gruesas, de esas de manual de la II Internacional. Dirígete a la gente en un lenguaje sencillo, no académico, ni demasiado técnico. No son las aburridas y pedantes elecciones a Rector de la Universidad: esto es otra cosa.
6.- Pon en valor tus virtudes: formación, capacidad de gestión, esfuerzo, cierta notoriedad, conocimiento de los temas que importan a los ciudadanos, experiencia en diversos ámbitos, comprensión de lo que sucede en el mundo, buena imagen, alta preocupación por el bienestar de la gente…Esa es tu mejor carta de presentación.
7.- Ante las acusaciones que te hace el PP sobre tu presunto desconocimiento de la realidad cántabra o la supuesta falta de compromiso con nuestra región, responde que en el mundo en que vivimos, no tiene importancia donde naces, ni de donde eres, si no la capacidad y la voluntad que cada uno tenemos para cambiar la realidad a la que nos enfrentamos cada día. Y ahí, diles que no te ganan.
8.- En la política cántabra el talento es escaso —ya te irás dando cuenta—. Aprovecha esa circunstancia para marcar la diferencia. No juegues en terreno embarrado. Eso déjalo para los mediocres, de uno y otro lado.
9.- Aunque son sólo dos meses, rodéate de un equipo de apoyo. No hace falta que esté formado por mucha gente, pero sí que sea diverso, comprometido, valiente, con conocimiento de los temas, y que trabaje con una visión compartida. Un grupo en el que confíes y que pueda confiar en ti. Con el que estés a gusto. Suma a gente tuya con gente de aquí y ponles a trabajar juntos en este empeño. Pasadas las elecciones, te servirá de enlace permanente con la región para toda la legislatura.
10.- En Cantabria todavía no ha habido un cambio definitivo en muchos aspectos de la vida política, económica, social o cultural. De hecho, algunas cosas no cambiarán nunca, a pesar de los esfuerzos de inocentes bienintencionados. No des la batalla en esas. No vas a conseguir nada más que frustrarte. Localiza donde puedes ser útil y lánzate sin red. Esa será tu mejor contribución a esta tierra y a su gente.

Un bico e boa sorte.





El PP en coma

16 01 2008

El PP en coma, por voluntad propia y declarada. Es el tema del día desde ayer por la noche. Rajoy se hace el harakiri electoral para garantizarse, internamente, una derrota contenida. No hay una palabra en el diccionario cuyo significado real esté más alejado del académico. Me refiero a orgánica que, según la RAE, es estar con disposición o aptitud para vivir, o tener armonía y consonancia. No parece que la cuestión —ni siquiera se le puede llamar vida— orgánica del PP tenga nada que ver con lo que nos cuentan los académicos. Pero para académicos los responsables de comunicación del partido de Rajoy, que ayer nos obsequiaron con un estrambótico comunicado de prensa, cuya mayor virtud —aparte de su maravillosa aportación al enredo— es haber sido capaz de construir un texto de ciento veintidós palabras unidas, tan sólo, por una coma; así pasará a la historia. No sabía que en el aparato genovés fueran expertos en los mensajes encriptados.





Emociones

15 01 2008

Tengo ganas de que sean las nueve. A esa hora, el Barça se enfrenta al Sevilla en el partido de vuelta de octavos de final de la Copa del Rey. Desde luego, no es un gran año para mi equipo —a pesar de que sigue vivo en todas las competiciones—; paradógicamente, es la temporada que más partidos estoy viendo, y más me intereso por la actualidad informativa del club. Supongo que hay un poco de empatía, otro poco de resignación, pero lo que más hay es emoción por ver a un jugador de diecisiete años que se llama Bojan, y que ha generado en la afición culé un sentimiento de pertenencia y de cariño que no lo recuerdan ni los más viejos del lugar. Le basta con salir a calentar a la banda —los días que no juega de titular— para encender el Camp Nou; sus regates, pases y chuts a puerta desatan los entregados aplausos del respetable; y se llega al clímax colectivo cuando el noi de Linyola mete un gol (y ya van unos cuantos). Para mí, Bojan es la razón principal por la que, este año, todavía no se haya producido el típico divorcio afición-equipo, que siempre aparece en Can Barça en las malas temporadas.
Se habla mucho de la importancia de las emociones en todos los ámbitos, y sobre todo en las organizaciones, ya sean empresariales, políticas o deportivas. Y si son necesarias cuando las cosas van bien, más aún cuando no es así. La emoción por ver a Bojan ha cohesionado el binomio jugadors-seguidors en un año en que las cosas no están saliendo como se esperaba. Los socios y los aficionados del equipo han encontrado en el joven canterano la razón por la que seguir creyendo en un proyecto que necesita urgente cirugía. Eso le va a permitir a la directiva, una mayor tranquilidad a la hora de tomar las decisiones necesarias para cambiar el rumbo (si es que son capaces). Cualquiera con un mínimo de sentido común sabe que las emociones pertenecen al universo de la gente, no son instrumentales, ni se pueden sacar de la chistera de la ingeniería financiera. Cuando en las organizaciones ni siquiera queda la emoción, lo mejor es empezar de cero a construir un proyecto nuevo, capaz de generar confianza e ilusión, y que tenga una identidad propia bien definida.





Delirio febril

14 01 2008

El termómetro marca treinta y ocho y subiendo; unas partes del cuerpo sudan, mientras otras están congeladas; me duele la garganta y tengo voz aguardentosa; me mareo leyendo el periódico; sólo me apetece comer sopa bien caliente, tortilla francesa —con un poco de bonito— y té de bergamota con miel; me duelen las articulaciones, sobre todo cuando las muevo, así que opto por la posición de inmovilidad horizontal; las sábanas y las incontables mantas, tan pronto son el mejor refugio cuando estoy tiritando, como la terrible jaula de la que quiero escapar, sin éxito, moviendóme de un lado a otro mientras mascullo palabras incomprensibles; barba de cinco días, el poco pelo que me queda desordenado, calcetines marrones, zapatillas de casa con borreguillo por dentro, pijama gris de invierno y albornoz entre naranja, rosa, amarillo y marrón: todo un cuadro. Estoy pensando presentarme al concurso de Míster Gripe 2008.
Lo peor de todo es que al pasar mis dedos índice y corazón por el ojo derecho me duele. Pruebo con el izquierdo y lo mismo. No sé que tienen que ver los ojos con la gripe, ni quien les ha metido en este lío. Acepto lo del termómetro, los paquetes de pañuelos, el delicioso efelgarán, el reposo absoluto, las horribles ojeras, y también los cientos de manos ajenas que colonizan mi frente para comprobar lo que yo ya sé porque lo sufro… (Disculpad por no haberos comentado nada de los típicos delirios febriles).